jueves, 13 de marzo de 2008
Espectador de la vida
domingo, 2 de marzo de 2008
La decadente armonía
Pero ante los ojos de muchos, Szeged está en el presente y en el futuro y es la ciudad universitaria por excelencia, la ciudad viva y repleta de jóvenes, jóvenes vitalistas y desinteresados, jóvenes muy jóvenes que poco o nada saben de las carencias, de las necesidades más perentorias, del dolor de las ausencias materiales y espirituales. Viven en la inmediatez de un mundo instantáneo que les ofrece sin dudar lo que ellos necesitan y mucho más, demasiado más quizá... la vida universitaria en Szeged es activa, sí, en diversos sentidos; hay un contraste curioso entre el provincianismo patente de un lugar en el que muchos se conocen y hablan y el cosmopolitismo que impregnan los estudiantes, creando asimismo una segunda ciudad de provincias hecha de todas partes en la que todos los jóvenes se conocen y hablan de los otros. Los edificios universitarios y oficiales salpican la ciudad en su centro e incluso más allá: la ciudad, por avatares de la reciente historia europea, se ocupó de dar espacio a la antigua universidad húngara de Koloszvár, actualmente Rumanía, y hoy toda la ciudad es un campus singular en el que calles, universitarios y ciudadanos se entremezclan en una curiosa combinación. Los numerosos servicios de bajo precio para estudiantes, especialmente en cuanto a comedores universitarios, destacan porque allí acuden tanto los jóvenes como los viejos y otros habitantes de la ciudad. Quizá es en estos lugares (SZOTE, Irinyi, Boci, Béke) donde a determinadas horas, sin saberlo, se produce el auténtico encuentro de la ciudad consigo misma, en su propio devenir, en su cotidianeidad. También los acontecimientos especiales, las ferias de artesanía y regalos o las ferias de vino y cerveza dan a las plazas de la ciudad (Mars tér, Dugonics tér, Klauzal tér, Szechenyi tér y Dóm tér) un color especial, en particular cuando el sol reluce en esta ciudad, que es muy frecuente. Un rayito de sol y las calles se llenan de húngaros y actividad, las muchachas lucen sus miniminifaldas y los hombres pasean para verlas. Los niños juegan en la hierba y en los parques y en las plazas.
Así, sin sentirlo, no se sabe por qué secretos de la armonía urbanística, hemos abandonado los grises bloques comunistas y nos saludan otros con variados colores de estilo decimonónico imperial y secesión, sumidos en un aire de elegancia y abandono particular, sureño si cabe, amplios, grandes, pero sin monumentalidad excesiva, sin magnificencia, a la medida del hombre, y nos reciben con humildad serena en el centro histórico de la ciudad, un semicírculo en torno al Tisza donde encontramos la alianza de la ciudad con el río y donde encontramos, también, los monumentos que dan cuenta de la historia de este pacto.
jueves, 21 de febrero de 2008
Al rico arroz

Comprado en California. Con denominación murciana de origen, cuenta con su propia página oficial llena de historia, recetas e incluso arte sobre este arroz y su región.
domingo, 27 de enero de 2008
Vía al Sur: Szeged
Szeged tiene forma de Sol, de sol radiante. Dividida por el río Tisza en dos mitades, en la vieja y nueva Szeged, su reconstrucción urbanística casi total hace algo más de un siglo hizo honor a esta tradición solar: tres anillos o rondas semicirculares rodean como anillos de calor la ciudad. A través de ellos se desarrolla como una contenida vorágine el transporte público y se distribuye la actividad laboral ciudadana. En el interior del anillo central se ubica el corazoncito de esta urbe, con su centro histórico junto al río.
Más allá de la tercera ronda anular, más allá de la periferia, se encuentra la provincia, el campo, un ejemplo más de la llanura húngara, la puszta. El tren llega a la estación por ella, y ya desde varios kilómetros de distancia se observan las picudas torres de la iglesia votiva de Szeged, entre los traquetreos alegres de los últimos metros ferroviarios por recorrer. El tren se alegra y parece querer volar, el viajero también, tras tres horas de interminable llanura y un paisaje acaso verde, amarillo, blanco, según la época, la estación. Atrás quedó el parque natural del Kiskunság. Pero la cuenca del río Tisza no desmerece, su curso nos acompaña. Se huele el aire del sur, la ciudad de provincias. Una bocanada de aire templado da la bienvenida. Bajar a los andenes y pisar la tierra es como encontrarse de nuevo en casa, en una familiaridad difícil de explicar, inmersos repentina y gratamente en el ambiente sereno y tranquilo de quien se sabe llegado al fin de su trayecto. Ahora atardece, el cielo vuela limpio, y el sol cae, un silencio relajante cubre los últimos bufidos de alivio de la locomotora. Cada cual, trabajadores, sobre todo estudiantes, algunos que vienen de visita, toman su equipaje y se dirigen a la ciudad, unos quizá a tomar el autobús o el último tranvía, otros con la fortuna de que vienen a recibirlos, entre los últimos resplandores del día, a la estación, y amigos, amigas, maridos, mujeres, amantes, novios y novias se abrazan y besan entonces junto a las vías y emprenden sosegadamente el camino a casa, al hogar.
miércoles, 16 de enero de 2008
La Noche
El holocausto resurge en su testigos maduros como un misterio de pesadilla del alma humana, como una experiencia que busca su justificación, explicación, cristalización y expulsión a través de la palabra.
