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lunes, 12 de noviembre de 2007

El sabbath y la celebración de la palabra y el Libro

Hace unas semanas tuve la oprtunidad de asistir a un sabbath en su aspecto de celebración en comunidad, algo que en Europa, por la necesidad casi absoluta de pertenecer a la comunidad hebrea para poder asistir a los rituales, me impidió durante mucho tiempo disfrutar de uno de los encuentros espirituales de una de las comunidades religiosas más antiguas.

Así como el latín, idioma oficial del cristianismo católico, fue ya abandonado hace un tiempo para el ritual de la misa, el hebreo se mantiene como seña de identidad al enfrentarse a la lectura de la Torah en la festividad semanal del descanso judío. Nunca había escuchado tanto tiempo, y por supuesto en vivo y en directo, hebreo leído y cantado. El hebreo resulta profundamente musical, enigmático además para un lectoescritor de lengua romance y caracteres latinos. Pude seguir todo el oficio gracias a un libro litúrgico bilingüe inglés-hebreo, lo cual me ayudó enormemente a comprender cada una de las secciones dedicadas a la alabanza divina, a la oración por los seres queridos, etcétera. Pero sin duda alguna, la parte central del encuentro lo ofrece la lectura del libro sagrado, la Torah. No sé si fue el destino o la casualidad, que ambos se confabulan muchas veces, pero aquel día se comenzó el Antiguo Testamento, con la lectura de los capítulos iniciales del Génesis, la Creación del mundo y los seres humanos. La lectura se realiza además por secciones, alabadas después con un salmo. Cada sección la lee un feligrés distinto, que se releva entre el público asistente. Así, la lectura en comunidad del libro sagrado se convierte en ritual de difusión y reflexión sobre la palabra divina, en continua dramatización. Palabra que pasa por labios de distintos feligreses, que emana y se transmite literalmente por la comunidad. Creo que nunca he visto un ritual religioso tan filológico, por su amor a la palabra y al encuentro en la lectura -qué importante es aprender a leer-, y uno recuerda el trabajo interminable de los sucesivos rabínos anotadores de la palabra de Dios, y también de esa concepción del libro como mundo circular de posibles palabras combinadas que Borges sincretizó en sus relatos. Primero, durante la celebración, la lectura, la letra cantada y algunas palabras de reflexión ofrecidas por el rabino correspondiente, circularon continuamente en torno a ese Libro que físicamente es extraído entre varias personas, paseado ante ellas y desnudado ante la mirada respetuosa de los fieles, y leído (a veces con dificultades, no todos son hablantes nativos de hebreo, pero el rabino ayuda con escuetas correcciones) e interpretado, actuado, por ellos ante el altar: uno tras otro, acceden al rollo -nada menos que uno de los soportes más antiguos para la transmisión escrita- iniciando cada lector, con un gesto hecho conuna péñola para marcar invisiblemente el recorrido de los caracteres, el capítulo correspondiente, y salen de él con un respetuoso beso al cordón umbilical que pende del rollo sagrado y el samo sancionador. Como filólogo, ya que no como judío, no pude menos que emocionarme ante esa reverencia ritual hacia el objeto mismo que contiene la palabra de Dios, de una manera más intensa y activa que la del cristianismo católico hacia la Biblia en sus misas dominicales. La ceremonia, finalmente, se rubrica fuera de la sinagoga, compartiendo un poco de pan y vino, que los fieles deben tomar a un tiempo, desgajando el pan dulce como si los judíos dispersos por el mundo tomasen el pedacito de la tierra donde habitan en el planeta, y el pan fuera la comunidad de todos esos territorios y almas dispersas. En cualquier caso debo decir que como toda ceremonia donde la palabra, las viejas palabras, son las protagonistas, y la participación en ellas es parte fundamental del ritual, resultó una experiencia inigualable por la oportunidad inmensa que una amiga generosa decidió dar al invitar a sus amigos a compartir un día en su comunidad religiosa, con la única ilusión de mostrar una segunda casa, la espiritual, a quienes hasta entonces sólo conocían en otros ámbitos más cotidianos y externos. Ella, a su vez, guarda desde ese día un damasquinado toledano con la estrella de David, símbolo de la convivencia religiosa medieval hispana entre las tres culturas provenientes de las tres corrientes principales religiosas que surgieron inicialmente de la religión hebrea.

Shalom.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Noche de brujas en familia

calabazas halloween














Lo que nunca hubiese sospechado en los Estados Unidos es que la fiesta de Halloween fuese algo casi casi tan familiar que la fiesta pública se redujese a algunas personas con disfraces por la calle o en coche en busca de la casa de un amigo, o a la salida del trabajo, que de todo hay. Pero muy poco más. y es que las brujas es sabido que no salen nunca de día, y menos si es de labor. Si bien en una ciudad pequeña como Davis es el fin de semana anterior en el que los adolescentes y universitarios se disfrazan para asistir a numerosas fiestas temáticas, el día en cuestión el centro permanece apenas salpicado de algunos niños de lindos disfraces -ni bruja se ve- acompañados de sus padres para tomar un helado o algo así. No, la fiesta es muy popular pero no en las calles principales. En un lugar como Davis la fiesta pasa un tanto inadvertida porque se reduce a la familia, por supuesto, y al barrio donde se vive, cuando comienza la auténtica magia de la noche de las brujas, tras la puesta de sol. entonces, si curioso uno se acerca al alguno de los barrios verá las tumbas alumbradas por velas en lo que un par de días antes era un jardín normal; y calabazas de todos los tamaños, artesanas y comerciales por igual, que comienzan a encenderse y a parpadear morbosamente mientras el visitante se desplaza como una sombra entre la negrura de calles escasamente iluminadas. Entonces sí aparecen niños, aquí y allá, con los disfraces del lado oscuro, algunos terroríficos, y con la cercanía de sus padres llaman a las puertas de algunos vecinos que los esperan para responder a su "trick or treat" con unos dulces y chocolates (con crema de cacahuete los más, por supuesto). El paseo depara algunas sorpresas por calles: algunas permanecen mudas y oscuras, denotando que no hay niños allí, y otras bullen con un movimiento que en ningún caso supera el nivel de decibelios permitido por la ley. Pero ahí están, esos grupitos de niños, pintados y vestidos, esperando encontrar alguien que le dé dulces que atesorar y disfrutar esa noche, más tarde, en el calor y seguridad del hogar. Mientras, recorren una geografía luminosa de calabazas, algunas gigantes e hinchables, fantasmas y telas de araña enormes que adornan las entradas, y también brujas estáticas ante algunas puertas. En fin, una noche entrañable y tranquila, bajo el cielo estrellado. Para los niños, por supuesto, toda una novedad y un reto salir más tarde de las siete al mundo exterior.

miércoles, 28 de junio de 2006

Reno, o el corazón de una ciudad

La vida como viaje. Pasa el espacio, el tiempo. Pasan los paisajes, las personas. Es un pasar que duele en algún momento, cuando después de un instante en un lugar, debes pasar al siguiente. Y así es la vida. Y es necesario. Y es inevitable.

Mi corazón se rompe cada vez que, después de una temporada viviendo en un lugar, hay que partir. Y no necesariamente por el paisaje, que a veces. No al menos en el caso de Reno, cuyo paisaje urbano admiro y detesto profundamente. Son las personas. Las personas a las que de manera inevitable debes renunciar cuando te marchas. Y no es que no sigas en contacto, mensajes, fotos de vez en cuando. Un encuentro al cabo de uno o dos años, o más. De ese encuentro inicial, en el que se compartieron espacio y tiempo, después ya sólo queda el desencuentro, coronado por fortuna en ocasiones con esporádicas coincidencias, exaltadas y como increíbles, llenas de estupor y escaso tiempo, luego sueño y sombra. Además, la memoria de los lugares vividos, se parece a las novelas, a esas novelas leídas con intensa fruición, de las que luego queda el recuerdo y la experiencia de haberlas vivido, y al mismo tiempo quedan lejanas como un sueño, como un sueño imposible. Así quedan los lugares y a menudo las personas con las que uno convivió en un tiempo y un lugar. A veces quedan en el recuerdo como un sueño imposible, como una extraña certeza de la memoria y una incertidumbre de la existencia. Y con ellos queda también lo que se soñó con ellos, lo que nunca se dio pero se fantaseó, se imaginó, antes, después, durante la estancia. Lo que se esperaba y nunca llegó, lo que nunca se esperaba y llegó. Todo se mezcla en la memoria, y de todo un poco, sin poder evitarlo, también la memoria olvida, y va despidiendo algunos recuerdos, sólo recuperables tras un regreso, tras una repetición del paisaje, de una vivencia, de un ritual viajero. Decía Rainer María Rilke que la vida es un continuo ir despidiéndose, y a pesar de la esperanza de los reencuentros, hay instantes como éste en los que la frase se vuelve dolorosamente real, dolorosamente real, dolorosamente real. Y uno se da cuenta de que la eternidad no existe, no al menos ahora. A Reno, ciudad descorazonada de corazones de baraja, la despido con cierto alivio, deseándole buena suerte en su apuesta por una vida invisible, taciturna, enigmática, extraña; pero no despido sin resistencia, sin resistirme, sin resistirlo, a tantas de las personas –los hermosos, grandes y pequeños, humanos corazones- que allí quedan, muchas de ellas de paso en este jugar y apostar que es la vida. Y ese auténtico corazón de Reno, Nevada, empapado en sangre con un trozo del mío –que pedazo a pedazo, deja un rastro por el mundo- queda con ellos y quiero que lo sepan, con lágrimas bien húmedas mías en los ojos que apenas me permiten apreciar esta noche el límpido y magnífico cielo estrellado de mi amado desierto, desierto donde sobreviven algunas indómitas flores, quién sabe si por gracia de ciertas lágrimas, ese desierto misterioso y lleno de historias, llamado desierto de Nevada.





viernes, 5 de mayo de 2006

La historia de Allan

Allan es un hombre ya entrado en años que se dedica a limpiar el ala Oeste del edificio de Letras de la Universidad. como siempre termina su tarea pronto, luego tiene mucho tiempo hasta que, a media noche, debe abandonar el edificio y dejarlo bien cerrado, además de limpio. por supuesto, hay otros como él en el edificio y en otros edficios.

Lleva unos cuantos años trabajando en la Universidad. Cuando puede, se acerca y charla con alguien, eso es algo que les gusta a muchos americanos, acercarse a otro y charlar sobre el origen familiar, sobre la vida propia. Especialmente aquellos que están en situación económica por debajo de la media, gente común que apenas cuenta en la exportación de la idea americana, estadounidense quiero decir. por otra parte, aquí es algo ritual preguntar por el origen de uno, aunque todos se consideren americanos no existen los americanos, al parecer, y cada cual se ve obligado a relatar o a inventar si es preciso, sus raíces en Europa, en Asia, en África, fundamentalmente. Pocos indios autóctonos quedan, y pocos cuyas raíces no sean americanas se resisten a ceder a la tentación de no matizar su americanidad: mi tataraabuela era de Alemania, mi abuelo de Escocia y mi padre nació en Wisconsin; yo nací en Nevada. Bueno, es una manera también de empezar una conversación y acceder a na historia. Al menos es eso lo que sucede, y lo que sucedió con Allan hace un par de noches, en el edificio ya semivacío de Letras. Lo cierto es que a Allan le gusta hablar, y no tiene muchas oportunidades por la tarde, cuando todos van abandonando el edificio, y menos aun a partir de las ocho o las nueve de la noche, cuando ya todo se queda vacío. Por ello, el otro día Allan aprovechó para contarme algunas cosas de su vida y también algunas opiniones sobre la vida. Tiene alma de narrador, su comienzo, después de un par de preguntas de contacto, que versaron sobre una fotografía del Frankenstein cinematográfico sobre una de las paredes de la oficina, fue el siguiente: "Pasé algún tiempo fuera de los Estados Unidos, en lugares donde los hombres viven en las ramas de los árboles. Y descubrí que sólo con eso, podían ser felices". Y se explayó sobre el ansia estadounidense de comprar y atesorar cosas en la vida, en la necesidad en que se convierte para casi todos. La vida de Allan ha sido variada, está contento en su puesto actual, y su historia tiene algunos puntos tópicos de la literatura y el cine de este país y algunos aspectos rocambolescos, a veces uno no sabe muy bien qué creer, aunque eso no importe demasiado. Su apellido es español, porque su padre era filipino. Allan habla algo de tagalo, como herencia paterna, y no entiende por qué el español de las Américas se llama español y no mexicano o arqgentino a secas, puesto que el tagalo se llama tagalo y no spañol de Filipinas: al fin y al cabo, según su razonamiento, todas son variaciones tan importantes que a menudo no permiten una comunicación o comprensión del otro sin explicaciones añadidas. También opina que el inglés es un idioma difícil, porque a menudo un mismo sonido forma diferentes palabras, y se crean numerosas ambigüedades. No le faltan opiniones ni razones a Allan. Él es estadounidense de nacimiento, según él en su juventud no fue un buen chico, y le dieron a elegir entre la cárcel y el ejército. Eligió el ejército y lo trasladaron, entre otros lugares que visitó, al Vietnam. Por cierto, tiene un amigo estadounidense de origen vasco que también estuvo con él y con el que sufrió cierta persecución en la selva difícil de narrar aquí. Allan es un veterano de guerra, entonces. Los veteranos tienen derecho a ciertos descuentos y se celebra un día en su honor (pero Allan se queja de que las ofertas del Veteran Day son para todos la misma. ¿Para qué le sirve ser veterano?). Durante su época del ejército debió sacar unos estudios relacionados con la abogacía que luego no le fueron reconocidos a pesar de tener un diploma, y tuvo que pasar por ciertas clases para lograr una convalidación o algo parecido. Le gusta mucho la Historia de Estados Unidos y la Geografía, algo habitual en quien ha dado media vuelta al mundo, aunque sea en el ejército. Está orgulloso de que Reagan, mediante le acuerdo de Nebraska con Gorbachov, fuera en el fondo el agente protagonista de la caída del muro en Berlín. Le gusta contar cómo, a pesar de que en este país los indios fueran casi aniquilados culturalmente, anulando incluso sus lenguas, los navajos se resistieron a ello, y salvaron la Segunda Guerra Mundial al ser usados como mensajeros criptógrafos, cuyos mensajes en navajo sólo comprendían los de su propia tribu. Le gusta preguntar por el Estado en el que reside la Estatua de la Libertad, que no es el Estado de nueva York, o por el auténtico nombre de la Bahía de San Francisco a la altura de Alcatraz, que ya no es exactamente la Bahía de San Francisco, o preguntar por el primer presidente, aunque no oficial, de los Estados Unidos, cuando en 1776 se declaró la Independencia pero no fue hasta años más tarde que se ofició a George Washington como presidente. Desde luego, Allan, es un hombre curioso e inquieto en su carácter dicharachero y un tanto errático, aunque se lo ve desde fuera un tanto abandonado por la vida, no sabría decidir por qué, acaso ha sido el ejército y ha sido una vida un tanto contraria a muchas cosas; a pesar de que él dice no querer más, sentirse satisfecho, y no desear, a pesar de sus estudios tan cuestionados, un puesto en la enseñanza, por ejemplo. La historia de Allan, Allan mismo, me semeja a un Joseph Conrad narrando la vida de un corazón de las tinieblas.

viernes, 21 de abril de 2006

Reno, o la parada de los monstruos

Cualquiera que se pasee por el centro, el downtown de Reno, a primera hora de la noche entre semana, no solamente se encontrará con los momentos de soledad en la city, sino también con la extraña fauna humana que se cobija bajo el cielo estrellado de esta burbuja del desierto llamada Reno.

Especialmente en la estación central de autobuses locales, por donde ha de pasar todo aquel que desee ir a uno u otro de los puntos cardinales de la ciudad. Autobuses que sólo usan los más pobres y los más viejos, todos aquellos que por diferentes razones no se pueden permitir el uso de un coche. La estación central, pequeña y algo desangelada, acoge como un resumen microcósmico toda la monstruosidad de aquellos seres que vienen y van sin saber muy bien cómo ni por qué, ni a dónde, o sabiendo que su destino es llegar al Hilton para buscar clientela masculina tras la mesa de poker y con la banda sonora de una tragaperras. La gente que acaba en la estación, es gente ya ida, ida del mundo en el que la mayoría intenta hacerse un hueco para no acabar así. Es gente perdida, en una estación de paso quizás hacia otro autobús semejante al anterior. Al fin y al cabo, todas las líneas de Reno terminan allí, en la estación central. Como un núcleo centrípeto. Muchos se quedan por allí dando vueltas, rondando las afueras solitarias de los casinos luminosos del centro. La mayoría están desahuciados, económica y mentalmente. No son exactamente mendigos, y eso es lo más terrible: la idea de mendigo no se soporta fácilmente en esta sociedad; y así, walking around the bus station, quedan los tarados, en esta parada eterna de los monstruos. Monstruos bien humanos, nuestro rostro perdido y huido, y olvidados hasta de sí mismos.

miércoles, 1 de marzo de 2006

Virginia City, la leyenda del Oeste

Aunque la diligencia que puede verse ante la puerta del Saloon es la evolución de aquellas que acostumbramos a ver en las películas, Virginia City se mantiene con ese espíritu fantasmal recuerdo del momento esplendoroso en que su auge la convirtió en una de las ciudades más importantes de la costa Oeste, allá por 1860 y 1870.

El hallazgo de oro y sobre todo mucha plata atrajo hasta treinta mil residentes en aquellas fechas, y muchos ricos nacieron aquí y llevaron sus ganancias a San Francisco. Se conserva casi intacta esta calle C, en la que se pueden encontrar los principales servicios de una ciudad de la época: saloons, hoteles, periódico, prostíbulo, casa de bomberos, teatro de la ópera, muchos de ellos convertidos ahora en museos, tiendas o bares. La ciudad reunió gran actividad comercial, cultural y canallesca. Desde un club de caballeros en el que participaron señeras figuras culturales de la época (con un naciente Mark Twain que trabajó eso años como periodista en el Territorial Enterprise) hasta el club nocturno frente a él, convertido en museo prostibulario en el que aún se recuerda a Julia Bulette, la dama de Comstock. Virginia City es un lugar, a pesar de las numerosas tiendecitas con tendencia a los recuerdos sesenteros de los iconos estadounidenses, con misterio, lleno de fantasmas, fiestas de vaqueros, un lugar minúsculo y breve entre sus colinas, como su historia, pero tan intensa que llegó a legendaria. Ahora residen allí los fantasmas de una ciudad que fue y que descansa ahora como flotando en un extraño sueño sobre el aire de sus túneles horadados y vacíos. Se llevaron los tesoros pero dejaron las historias: dejaron generosamente la estructura vital y humana que construye y hace perdurar las ciudades en la memoria. Hacia el valle, tras la torre de la iglesia católica, puede verse Comstock Lode, el lodazal del que salió tanto brillo, y en él las minas, como detenidas, en un atardecer violáceo difícil de tocar.

martes, 28 de febrero de 2006

Misión imposible, Tucson, AZ
















El padre jesuita Francisco Kino fundó en el siglo XVIII más de treinta misiones en Arizona, tras haber abandonado su tarea en Baja California, al parecer por desacuerdo en el trato que el ejéricto daba a los indios que él debía evangelizar.

Entre aquellas misiones, encontramos esta Paloma del Desierto, cercana a Tucson. Actualmente su exiguo territorio es reserva india, que se extiende al frente del edificio y algo más allá. Sin embargo, poco puede ya proteger o evangelizar a unos indios que viven en tristes módulos prefabricados por hogares y sin grandes instalaciones e infraestructura. A pesar de las artesanías de la tiendita india y la de la misión, que gustan al turista y al curioso, un paseo de sólo unos minutos fuera de la placita de la misión demuestra el estado triste de unos indios abandonados a la suerte de Dios. Qué misión imposible.

sábado, 25 de febrero de 2006

Pasiaje lunar


Todos los paisajes caben en el continente americano.

Sin ir más lejos, en el estado de Idaho, el estado donde crecen las mejores patatas de los Estados Unidos, se puede uno topar con este paisaje conocido popularmente como los cráteres lunares. Al menos se extiende treinta kilómetros este paisaje desértico que bien podría haber sido el escenario lunar de los primeros astronautas que alcanzaron la luna. Un páramo bien desierto, un ambiente de irrealidad y sobrecogimiento, de extrañeza invade el espíritu del viajero que se adentra un tanto en él. como en una vieja película. Como en otro planeta. La realidad siempre supera la ficción.

martes, 21 de febrero de 2006

Solo ante el desierto

El desierto de Arizona, que se expande hacia el lejano horizonete hasta alcanzar las tierras mexicanas de las que una vez formó parte, se extiende salpicado de matorrales y enormes cactus distintivos de esta región llamada Sonora y que estuvo llena de apaches y navajos antes de la llegada de los primeros soldados españoles y luego estadounidenses.

Pero ahora no hay ruido de peleas y escaramuzas. sólo el aire invisible. El desierto destila silencio y una hermosa calma. Un paisaje inmenso, como todo paisaje americano, pleno de espacio insaciado. Y en él se enarbolan a sí mismos como viejos lanceros verdes los cactus enhiestos, señeros (milagros verticales, al mismo tiempo firmes y dulces), como verdes torres de arduos filos, el mudo cactus, sombra y sueño, en el fervor de Tucson. Y bajo su sombra como soñada, el desierto llama al detalle, a detenerse en lo pequeño, en lo minúsculo de esas hojas que de tan delgadas se han convertido en espinas y pinchan a quien las roce. En las piedritas, en el polvo del camino. Camino lento, despreocupado, vamos silbando una vieja canción bajo el sombrero y sorteando cactus a caballo, el camino se hace largo, cuánto western en la memoria.

sábado, 3 de diciembre de 2005

Viernes negro, la cultura del shopping

La noche familiar del Thanksgiving con sus kilos de comida termina en la madrugada de inicio del periodo de las compras de Navidad, aunque aun falte un mes para la llegada de Santa.

Las cinco de la madrugada es la hora mágica en la que numerosos estadounidenses no quieren perder ni una buena oferta ni una tradición bien propia del consumismo delirante que caracteriza su cultura en el último siglo. A las cinco de la madrugada del viernes que sigue al Thanksgiving, los principales almacenes y zonas comerciales abren las puertas ante una cola inmensa de familias e individuos dispuestos a conseguir esas game-boys para los sobrinos o una televisión digital nueva y extraplana. La semana anterior los buzones han quedado repletos de propaganda, y en algunas casas, la sobremesa del día de Acción de Gracias, ya visto y olvidado el tradicional partido en la TV, se consuma con una lectura comunitaria de los folletos publicitarios. Y así llega el Black Friday, uno de los de más actividad comercial en todo el país. Me han contado los testigos de este año, que la buena educación no tiene lugar, y cada cual se lanza como puede a por lo que puede. Es el clímax de la cultura del shopping, de las compras, en este país en el que el día a día cotidiano se llena de algo que te venden, de algo nuevo que comprar, de algo viejo que guardar en el garaje, revender, donar, o raras veces tirar. por ejemplo, en el centro de Reno existe un Antique Market que, por supuesto, no vende principalmente antigüedades, aunque pueden encontrarse algunas chapas metálicas de mediado de siglo XX, e incluso alguna estufa de principios de siglo, y está lleno, a modo de bazar, de auténticos cachivaches en todo tipo de accesorios, muebles y juguetes, Barbies de segunda mano incluidas. Mucha gente se desprende de muchas cosas, y algunas llenan este tipo de tiendas, que según el estilo acaban pareciendo un museo del caos. En otro tipo de almacenes, es fácil descubrir algo similar pero con el resto de stocks que no se vendieron en otros grandes almacenes, y el chocolate y los bombones se mezcla con marcos para cuadros o pantalones de tallas sueltas. Y sin duda, por materialista que sea, esto forma una cultura del consumo que va desde la oferta más reciente de un producto nuevo y en promoción hasta el mueble de cuarta mano que es buscado por el estudiante que alquila piso y necesita amueblar, porque todos los pisos se alquilan vacíos. Los Estados Unidos conforman así un país de movimiento continuo de objetos que se trasladan, se compran, se venden, se donan. No es extraño ver los famosos pickups (rancheras) y furgonetas varias, trasladando muebles de una zona a otra de la ciudad, porque se ha comprado casa nueva, o de una ciudad a otra porque se ha cambiado de trabajo. Algunos objetos se trasladan, y otros se venden o dejan, se donan para los más pobres. En primavera, en relación con esta cultura, es muy fácil encontrar ante los garajes o jardines de las casas, carteles que indican la venta de algunos muebles de la casa a precio de saldo; se pregunta al dueño, que posiblemente esté sentado ante su casa, rodeado de algunos muebles y objetos que quiere vender (incluso discos compactos de música), y se visita la casa en busca de un mueble que desea ser retirado para cambiar, como cada año, el estilo del salón. Uno llega con su furgoneta, para, compra, y marcha con este mueble que el próximo año, a su vez, venderá para conseguir otro mejor, quizá no de segunda mano. No deja de ser sorprendente y admirable, si obviamos os aspectos morales de tanto consumo, cómo funciona esta cultura de consumo a todos los órdenes y en relación con todos los objetos que entran en el juego: desde el centro comercial que ofrece la novedad tecnológica hasta el bazar de antiguallas que tiene ya lo que pocos quieren y, eso sí, unas cuantas curiosidades que merecen la pena, aunque estén entre un caos un tanto morboso de muñecas mutiladas y pasadas de moda, y algunas latas y vasos de vidrio usados que a saber de qué guerra doméstica llegaron.

jueves, 24 de noviembre de 2005

Oración del Día de Acción de Gracias

Desde 1621, en que los primeros colonos europeos llegaron a Nueva Inglaterra, sin saber qué les depararía el Nuevo Mundo, en lo que ahora son los Estados Unidos de América se da las gracias a Dios por los frutos del trabajo y la cosecha del año precedente.

Tras medio día de ayuno, se celebra una comida que en la actualidad es pantagruélica y, según algunos americanos, el elemento esencial de la festividad, simbolizado en un pavo enorme que sale de un horno aun más enorme, horno que parece esperar todo el año para ser utilizado con dignidad.

Oración

Gracias, Señor,

por todos los bienes que hemos recibido

este año,

por todos los paisajes,

por todas las amistades,

los rostros, los lugares,

por todo lo aprendido,

por todo lo trabajado

en nombre de los hombres.

Gracias, Señor,

por tu infinita Prodigalidad,

que quizás otros,

buenos o malos hombres,

no han podido conocer.

P. S.: Desde el dia de mañana, se abre la temporada de compras para Navidad.

sábado, 19 de noviembre de 2005

Reno, the Biggest Little City in the World

Reno, una ciudad chiquita que pretende ser grande. Pero las luces no engañan lo suficiente, los espectáculos anunciados en los casinos no crean la suficiente expectación. No hay tanto como esta ciudad quiere aparentar en un principio, y finalmente lo que hay tampoco corresponde a lo que merece una ciudad chiquita como esta.

Nada en Reno es lo que debería ser, lo que la ciudad quiere ser, nada encaja en Reno. Hay como una niebla invisible, como una maldición que pesa sobre esta ciudad. No hay vida en todas sus luces, que tampoco son suficientes, no hay un movimiento de gente -eso,sí, coches que pasan- y la gente que se mueve son algunos grupos de estudiantes aislados, y los omnipresentes vagabundos, buscando encontrar algo para pasar la vida. El strip de Reno es realmente pequeño, y escasamente intenso en actividad. Es como cruzarse por el desierto con un bar gasolinera aislado que ofrezca un espectáculo de Broadway. Esa es la sensación que deja el downtown de Reno, que empieza y termina en ese arco de luces donde luce, con aparato luminoso pero sin convicción, el lema de la ciudad. Algo que busca querer ser más que poder ser. Que aspira a ser grande espectáculo pero que no cuaja, porque Reno es y ha sido siempre un lugar de paso, el camino a California, la parada de los buscadores de oro y plata que, tras su cosecha de riquezas, se marcharon a San Francisco; la parada constante de los que atienden a los viajeros, de los que crearon el juego para ganarse la vida, de los que quedaron atrapados por el juego y en él lo consumen todo. Como en un ciclo viciosamente maldito, sigue siendo un lugar anclado en esta maldición. Y no puede crecer, cambiar, no puede brillar de ningún modo, atrapada por la fuerza centrífuga que la genera. Reno está embrujada y probablemente no se da cuenta. No se resiste a sí misma. Crece y se consume en su propia forma de vida. Y luego se deja estar, consumir. Reno es el sapo de los cuentos, pero un sapo que no se convierte en princesa, en la princesa del desierto que podría aspirar a ser.

martes, 15 de noviembre de 2005

Reno, o la cultura del casino

Reno se divide en tres áreas de actividad: la Universidad, los casinos, barrios laberínticos de casas con jardín o sin él.

Entre estos últimos, hay gran variedad de lujo y pobreza, con barrios de pobres y de ricos. Ante estas opciones, podemos desarrollar al menos tres actividades, fundamentalmente: estudiar, apostar, quedarnos en casa. Los casinos de Reno son el motor de la ciudad, son peqeños barrios completos en el interior de un edificio: el casino no es solamente para apostar, y en Estados Unidos se entienden como un lugar de ocio más, una especie de mezcla entre parque temático y centro comercial. En un casino cualquiera, que intentará sorprendernos con algún tipo de decoración no siempre temática y coherente, podemos ir a la peluquería, podemos tomar algo en una "terraza" interior, podemos asistir a un espectáculo de humor o música, podemos comer en los bufés o restaurantes étnicos, podemos pasear por entre sus "calles", comprar algunos souvernirs, podemos incluso alquilar una habitación y quedarnos a vivir un tiempo en este mundo sin tiempo de atardecer perpetuo. Abiertos las 24 horas, con una iluminaciónconstante y un tanto taciturna, hay que señalar que no todos los servicios están activos continuamente, aunque las máquinas tragaperras y algunas apuestas en la mesa no descansan nunca. Ni las señoritas de compañía, discretamente esperando almas hambrientas. Los casinos son lugares tranquilos, que animan al menos en Reno a una modorra física y mental, a observar a los turistas que llegan en parejas como disfrazados de cow-boys o de Elvis, en grupos con unos tejanos y sombrero de carnaval. Pasean, se sienten de vacaciones y llaman la atención con algunos gritos, como se acostumbra aquí para demostrar que lo pasas en grande y que se está haciendo algo fuera de lo común, fuera de la trazada vida diaria que sólo permite la buena educación. Sin embargo, una de las tareas más productivas y disfrutables, y de la que participan turistas y locales, sin duda alguna, es pasar la tarde cenando en el mejor de sus bufés, donde se encuentra de casi todo en abundancia y con una calidad superior sin duda a la comida rápida a la que nos tienen acostumbrados los estadounidenses. Si además la compañía es buena y se conversa, tanto mejor. Porque por lo demás estos casinos tienen mucho de impersonal, de vagabundeo por sus pasillos enmoquetados sin un rumbo fijo, salpicado el recorrido de moquetas, tragaperras y mesas de juego: por supuesto, para alcanzar los restaurantes se deben recorrer al menos doscientos metros de sala repletas de luces y máquinas y, como Ulises, hay que resistirse al canto de sus sirenas. Muchos han quedado ya atrapados, con su mirada perdida en un azar luminoso y cautivos en su sonido de repetición. Son visitantes permanentes, los numerosos viejos, viejas, vagabundos de edad indefinible que sostienen sin esperanza pero con resistencia una cerveza en su mano derecha -servida por una jovencita estudiante de minifalda apretada y pasada de moda- y un cuarto de dólar en la izquierda. Los casinos son, al fin, lugares desolados y escasamente frecuentados por la auténtica alegría y la diversión. Ni siquiera hay pecado en ellos, sólo una representación indolente y postmoderna del alma abandonada a su suerte en un limitado paraíso artificial y la hipnosis de un ambiente dominado por la ausencia de algo en que pensar, atrapada la mente por una combinación bien estudiada de luces y sonidos, que reclaman paciente y constantemente su atención hacia una consumación ritual en el juego, el estómago, los sentidos. Los casinos de Reno, otro desierto de paso, modernas ciudades fantasmas del Oeste americano.

lunes, 14 de noviembre de 2005

Great Race Balloon!

A las cinco de la mañana, aunque sea el mes de septiembre, está oscuro y hace frío. Pero merece la pena.

Quizás sea uno de los acontecimientos al mismo tiempo más hermosos e impresionantes organizados en Reno e incluso en todo el estado de Nevada: la gran carrera de globos. Todo comienza muy temprano, a las cinco y media de la mañana un par de globos, entre las sombras de la noche, hinchen sus telas con fogonazos de helio. Ya se ha reunido un número nutrido de curiosos, los altavoces marcan un compás de fondo. ¿Por qué tan temprano? ¿Por qué sólo tres globos? El espectáculo va a comenzar, no son las seis y tres globos de colores hermosos como bombillas ascienden con suavidad y, con el horizonte despuntando en un suave amanecer, estos tres elementos de aire juegan con el fuego y la música para mostrar ante los ojos atónitos como de críos la belleza de una danza ritual del fuego que abre la mañana. poco a poco se pierden en esa claridad de la mañana y es entonces cuando un centenar de globos comienzan a hincharse en la siguiente hora, ya de día, alzándose con lentitud y buscando un lugar en el cielo. Muchos y variados colores, formas increíbles. El globo-juez es un águila ante la cual suena, al elevarse, en primer lugar, el himno de los Estados Unidos. También ascienden dos abejas aerostáticas, y después, un conejo, una auténtica diligencia del Oeste, una palmera con tucanes, una casa con jardín, y decenas de globos clásicos con decorados variadísmos. Parece que la tierra, el desierto, se vuelve un poco más ligero, con ese cielo moteado y pleno de helio de formas y colores. Parece que ese cielo limpio y azul, que siempre permanece encima, como si no fera más que un fondo necesario del paisaje, se liberase por momentos, y formase parte de nuestro mundo, de nuestra geografía como una nueva redescubierta región habitable. Al final, es difícil saber quién gana la carrera, pero no importa. Los globos permanecen. Nos enlazan con lo que hasta ahora nos parecía límpido e impenetravle decorado azul. Y la imagen de los globos suspendidos entre el cielo y el suelo, como habitando un resquicio de la eternidad, forja una estampa de fuego que la memoria retiene, como flotando, sin temor a perderla: es como recuperar un continente perdido. suave, etéreo, fácil, leve, hermoso como pocos.

domingo, 30 de octubre de 2005

Nevada Day

Nevada Day

Nevada, Estados Unidos

36 estado de la unión, reconocido oficialmente el 31 de octubre de 1864. Conocido como The Silver State, por sus minas de plata. Limitado por enormes sistemas montañosos como Sierra Nevada, el estado se esparce en varios inmensos desiertos, desde el Great Basin al norte hasta el Mojave en el sur. Tierra de mineros, algunos vaqueros, pastores vascos, extraterrestres, pruebas nucleares y oscuros secretos militares (área 51). Está ampliamente regulado y permitido el juego y la prostitución. Las Vegas con sus casinos temáticos es su ciudad mayor y más famosa.

Himno oficial:
(Escuchar)

Home Means Nevada
Written & Music by Bertha Raffetto

'Way out in the land of the setting sun,
Where the wind blows wild and free,
There's a lovely spot, just the only one
That means home sweet home to me.
If you follow the old Kit Carson trail,
Until desert meets the hills,
Oh you certainly will agree with me,
It's the place of a thousand thrills.

Home, means Nevada,
Home, means the hills,
Home, means the sage and the pine.
Out by the Truckee's silvery rills,
Out where the sun always shines,
There is the land that I love the best,
Fairer than all I can see.
Right in the heart of the golden west
Home, means Nevada to me.

Whenever the sun at the close of day,
Colors all the western sky,
Oh my heart returns to the desert grey
And the mountains tow'ring high.
Where the moon beams play in shadowed glen,
With the spotted fawn and doe,
All the live long night until morning light,
Is the loveliest place I know.

Home, means Nevada,
Home, means the hills,
Home, means the sage and the pines.
Out by the Truckee's silvery rills,
Out where the sun always shines,
There is the land that I love the best,
Fairer than all I can see.
Right in the heart of the golden west
Home, means Nevada to me.


sábado, 29 de octubre de 2005

Reno, incierta ciudad de paso

La historia de Reno, Nevada, está unida a dos elementos que traen y llevan gente: un tren y el negocio de unas minas de plata.

Fundada el 13 de mayo de 1868 y tomando prestado el apellido de un oficial unionista muerto en la guerra civil, muy lejos de estas tierras, Reno nació como un puente sobre el río Truckee que conectaba la cercana Virginia City con la Ruta de California, la más importante vía de comunicación que atravesaba el Lejano Oeste. El puente, modernizado, todavía se mantiene, y da entrada al downtown o centro de la ciudad. Un centro dominado por la omnipresencia de altos casinos y bajos moteles, luces rosas, verdes, arco iris fluorescentes, coches en hilera entrando y saliendo de los casinos o simplemente cruzando, y sólo algunos viejos, locos y vagabundos perdidos en el vacío tránsito de las aceras. La actividad bulle de puertas para adentro, así que este downtown a menudo aparece entre una inquietante soledad, sin actividad alguna, sin rasgos de vida. Calles vacías. Algunos locos y tullidos olvidados por el sistema y por los hombres. No hay comercios, apenas salpican algunas tiendas de souvenirs, y las fachadas de los casinos delimitan esta vida social inexistente en el centro de una ciudad que parece ser de paso, a medio hacer. El tren de la Union Pacific, aquel por el que nació la ciudad, pasa sin detenerse varias veces al día y también por la noche, con su prolongado y persistente pitido, a menudo sin pasajeros, repleto de una opaca e indescifrable mercancía, e interrumpe el tráfico rodado con su larga cola, inmensa y pesada; un tren que se sacude el frío del lejanísimo Chicago y busca la humedad cálida y neblinosa, ya cercana, de la bahía de San Francisco. Este tren centenario atraviesa pesadamente las luces fluorescentes, este tren del dinero cruza las modernas minas de plata que ahora son los casinos, sin detenerse. Virginia City es un bello pueblo del pasado, lleno de fantasmas y pendencias de la fiebre del oro y la plata, y Reno toma su relevo en el siglo XX, un relevo de gente que pasa a trabajar en las minas que son los casinos, en sus túneles conectados, o gente que pasa el fin de semana entre máquinas de juego, buffets y espectáculos con treinta años de nostalgia. O gente que pasó la frontera de México y, sin papeles, buscan un lugar donde empezar, y pasar luego a otro lado. Entre la desolación de los casinos y sus luces apáticas observando impertérritos la soledad de sus calles, los aparcamientos inmensos de innumerables coches dormidos, los destartalados moteles de carretera y las blancas capillas de boda al instante, desde el centro de Reno se oye por la mañana, por la tarde y en la nocturnidad de la noche, casi a todas horas, como atrapando con su lazo sonoro a la ciudad, ese prolongado pitido de un tren que pasa, pasa, pasa.

Un tren que cruza silbando este centro fantasma de circularidad obsesiva en el juego y el sueño americano de la fortuna, un tren que con su silbido perenne abraza este centro y lo aisla y determina aún más en su circularidad sin fin y sin salida, pero que nos recuerda en los momentos de lucidez la existencia de otros lugares afuera. Sin embargo, cuando finalicen las obras -nuevos mineros- que pretenden hacer subterráneo el paso del tren, ese centro fantasma se sumirá en el silencio de los lugares que sólo existen en sí mismos y sus nombres se recuerdan en antiguos mapas como leyendas lejanas de lugares inencontrables.

martes, 25 de octubre de 2005

Reno, la jaula de cristal

Reno es una delicada burbuja de cristal en la que un pequeño hormiguero de almas translúcidas desarrolla una vida laboriosa de comunidad. La aparente precisión y perfección de la vida estadounidense acaba creando en este lugar la persistente sensación de una jaula de cristal de la que uno no puede escapar.

Más, la sensación de que no hay de qué escapar, isla de civilización en un mar de desierto; acaso, al otro lado de las montañas, al bosque salvaje de Sierra Nevada, en cuyas cumbres se perdieron y murieron numerosos colonos al quedar atrapados durante el invierno; acaso, hacia el norte, abándonandonos al puro desierto que es Nevada.

Reno, burbuja en el desierto, cuenta con unas doscientas mil almas semiflotantes sobre llantas de caucho que después de su trabajo se distribuyen mediante sus doscientos mil vehículos entre los numerosos chalés que intentan repoblar la tierra seca y árida de la llanura que aquí comienza. Algunos pasarán un rato en cualquiera de los casinos, luminosos e irreales, para cenar en alguno de sus bufés o para jugar algunos dólares. Otros pasarán por el Mall y otros lugares donde comprar algo más que lo necesario para la casa con jardín, al fin otra manera de jugar con dólares. De una burbuja a otra, llegan a sus casas y se enciende el televisor, burbujita de cristal con los terrores del día -negros, chicanos, psicópatas, y enemigos exteriores- y las ilusiones generosas de los concursos -amor, dinero.

Pero ello refuerza esa vida en comunidad, vida que debe lucharse cada día, mejorando continuamente, precaviéndose hasta el infinito de todo lo que pueda suceder porque ya hay indicios de algo malo. La alerta corre por toda la burbuja, la burbuja se sacude y puede romperse, así que hay que mantenerse firmes y, escuadra y cartabón, controlar por completo cada uno de nuestros movimientos diarios, nuestros pasos, los lugares a los que acudimos y lo que hacemos, y comprobar que lo que los demás hacen está en su sitio y se cumple la Ley. La Ciudad con Ley. Todo en su preciso lugar.

Aunque la prostitución es legal y está protegida y promocionada en Nevada, por buscar prostitución en la calle, preguntando públicamente a unas prostitutas que no deberían estar ahí, sino en un local, media docena de hombres son denunciados, detenidos y sus nombres y apellidos aparecen en el periódico local ante la vista de la comunidad. Nadie queda impune, la burbuja pública y social debe quedar incólume, y públicamente limpia, protegida. Ya dentro de los casinos o los clubs... qué importa, todo está en regla.

Reno, burbuja perenne, es la puerta de saloon al Salvaje Oeste.

lunes, 11 de abril de 2005

¡Vida más allá de los casinos!

Aunque a estas alturas de la historia parezca increíble, el centro de Reno mantiene aproximadamente dos bloques de edificios de principios de siglo XX, asomados al río (pequeño, discreto, pero vivo) Truckee, un río que trae las aguas del Lago alpino más azul de los Estados Unidos, el Tahoe, y cruzando Reno (también el río pasa, como casi todo en este lugar), llega a desembocar en otro lago, el Pyramid, donde quedan algunos indios dedicados al juego y la bebida.

Esta zona realmente parece un lugar de paseo donde intentan sobrevivir algunos comercios al estilo europeo, un teatro independiente, una buena librería a la antigua usanza y un par de cafeterías de sandwiches exquisitos, contrarrestando el ambiente de barato souvenir y motel de carretera, un tanto abandonado y pendenciero de las calles adyacentes. Pero pocos pasean, apenas nadie en sus tiendas. Sin embargo, el calor del verano produce pequeños milagros: algunos locos que desafían las buenas costumbres, especialmente jóvenes, e incluso alguna familia latina, se acercan con sus flotadores, ¡y al río! Con ropa o en bañador, eso no importa. El ambiente es entonces de una normalidad y una espontaneidad difícil de encontrar en las calles de este país: hay chapuzones, comentarios, grititos, diversión. La tienda que alquila material deportivo tiene preparados kayaks y flotadores gigantes para la temporada veraniega. Claro, esto no es el inmenso, elegante y azul Tahoe, pero sirve a unos pocos estudiantes y familias que no tienen coche o recursos, cual playa de pobres. Al menos, limpia y natural. Probablemente, muchos habitantes de Reno ni siquiera concozcan esta práctica tan natural que, a tenor de los hábitos locales, resulta incluso subversiva, aunque nadie la prohíbe. El Truckee a su paso por Reno, justo debajo del puente que vio nacer a esta ciudad, es un respiro en verano, un alivio de humanidad divirtiéndose en pleno relax y naturaleza. Un reducto protegido por edificios antiguos que apenas pueden ocultar las calles y los casinos detrás, a la vuelta de la esquina. En una tarde de siesta de verano, desde el río, flotando sobre sus aguas, se ve, a quien lo quiera mirar, una extraña fusión de planos: el río y sus bañistas, la iglesia-catedral católica, los sempiternos casinos y el eterno y un tanto irreal azul del cielo de Nevada, como marcando los límites del mundo.