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martes, 30 de junio de 2009

Nota sobre el Bikavér

Bikavér significa “Sangre de toro”, y el vino que lleva su nombre tiene ese color rojizo oscuro y penetrante de los buenos tintos, aunque sean jóvenes. Dice la leyenda que por el parecido de este vino con la sangre, los antiguos húngaros que tomaban de este vino eran considerados como auténticos vampiros que bebían la sangre de sus enemigos. Sus comisuras se mostraban continuamente con el color de la sangre. Pero parece que no era sangre sino vino, y quizás porque al final todo se sabe los turcos no tuvieron ningún reparo en luchar contra estos feroces guerreros sanguinarios y conquistarles país y vides, aun en contra de lo que prohibía su religión. De hecho, Eger, tierra del sangre de toro, fue uno de los lugares emblemáticos en la lucha contra el turco. In vino veritas.

lunes, 15 de junio de 2009

Junio infantil


El mes de junio es un mes hermoso en Hungría, todo resplandece verde y azul. El calor abraza el país y las fuentes funcionan hasta los atardeceres de un rojo silencioso y solemne en el horizonte, de un romántico oscurecer en los parques y bosques. Pero en junio no sólo despuntan las flores y los sonidos de los pájaros en el fragor de una primavera cumplida y plena; no sólo llega la luz y claridad azul del cielo raso y despejado, llano e infinito como el país; no sólo agrada el lento rumor de los ríos y del agua al correr mansamente; también en junio el paisaje se colma de otros colores y otros rumores, de carreras y voces. Los niños acaban la escuela y salen, en los últimos días de curso, a la ciudad, al monte, a los ríos y a los lagos. Incontables grupos de una treintena de escolares cada uno viajan por todo el país y realizan visitas culturales e históricas, juegan, se divierten, forman colas interminables en las heladerías, y hablan y gritan y están juntos y se lo pasan maravillosamente. El mes de junio los niños invaden las calles de Hungría y toman el país para ellos, y son ellos los que descubren los paisajes y lugares que son su patria, y lo conocen y disfrutan en su esplendor. Lo aniñan y le devuelven algo de su primigenia inocencia. Guiados de sus pacientes y entusiastas maestros, cual aventurados exploradores, cual descendientes dignos de Árpád, se lanzan a trotar alegres y vencedores de una tierra que les corresponde y que la hacen suya. Los parques y columpios se llenan de su presencia, acampan en los claros de las ciudades cuya fortaleza o museo conquistó por la mañana su interés, y al otro día galopan por un bosque o unas colinas, a orillas del Tisza o del Danubio, o a orillas de la incansable imaginación. Junio es un mes hermoso en Hungría, sin duda, un mes en el que la plenitud de la vida se une al compás de los que más viven.

sábado, 30 de mayo de 2009

La noche de los estudiantes

Cuando el último día del curso universitario finalizan las clases aún queda una última fiesta antes de comenzar los exámenes. Siempre coincide con el mes de mayo, después de la eclosión de una primavera apasionada y sentida con intensidad vital. Llega la noche del último día de clase. Los estudiantes se reúnen por grupos y, tras haber acordado el alquiler o préstamo de un autobús local, un camión o quizás una carreta, se reúnen y comienzan a patrullar la ciudad dando gritos continuamente. ¿Qué buscan, qué pretenden? ¿Es que se han vuelto locos? Oh, es la noche de los estudiantes, que tiemblen los profesores, los pedagogos, los maestros, todo el personal docente. Los alumnos van a buscarlos hasta sus casas, se desplazan con su vehículo, cantando y gritando, con antorchas y luces, si hace falta, hasta más allá de la media noche, buscan y encuentran los hogares de sus profesores, y entonces siguen cantando y gritando y llamando a las puertas hasta que el profesor abre su casa para que los alumnos celebren con él la finalización del curso académico. En cada casa en la que son admitidos, el profesor invita a beber y a charlar si se tercia. Así pasa un buen rato hasta que los estudiantes se sienten satisfechos y salen en busca de su próxima víctima, acaso el profesor de geografía o el de literatura húngara. Esa noche la ciudad se ve despertada por ráfagas de grandes vehículos ruidosos que circulan como rayos vibrantes entre los barrios y de los que brota –collige virgo rosas- la algarabía propia de la juventud gozosa, que a los que escuchan fugazmente desde sus camas les parece soñar el espejismo de un momentáneo regreso de aquella juventud que quizás no tuvieron y que nunca ha de volver.

viernes, 1 de mayo de 2009

El turul, menudo pájaro


En el alto de Tatábanya se yergue un enorme pájaro que simboliza el origen del pueblo húngaro. Des de allí divisa toda la llanura del Transdanubio. A escala mucho más modesta, puede verse también en el barrio del castillo en Budapest, como presidiendo las colinas de Buda y otorgando su majestad al Palacio Real, y admirando el Danubio y la ciudad bajo su la sombra de sus alas. Es el turul, ave mitológica húngara por excelencia.

Cuenta la leyenda que en los orígenes de la fundación del estado húngaro, allá por el siglo VIII o IX, Emesé, mujer perteneciente a una de las tribus nómadas que desde oriente venían buscando Pannonia, tuvo un extraño sueño. Soñó que un enorme pájaro, muy semejante al águila pero muy diferente a ella, se le acercaba volando y la envolvía entre su cuerpo. El animal, que se conocía como turul, portaba entre sus garras una gran espada y lucía sobre su cabeza una corona sagrada. Se esfumó con el sueño y Emesé engendró a un niño al que pondría de nombre Álmos. Álmos fue el padre de Árpád el Conquistador, primero en llegar a la llanura de los Cárpatos y asentarse en ella, descubridor de la tierra patria y bisabuelo de quien noventa años después, con el nombre de Szent István, fundaría oficialmente el reino de Hungría y lo convertiría al cristianismo, allá por el año 1000.

Por lo tanto, según la leyenda los húngaros y la concesión de su estado proceden del reino de los aires, del encuentro soñado entre una mujer y un pájaro mitológico, pues Álmos, que significa sueño en lengua húngara, fue el padre de la primera dinastía históricamente reconocida en Hungría, la dinastía de Árpád.

No sé por qué, tantas veces también he sentido que Hungría es como un extraño sueño que se debate entre la realidad, la belleza, lo imposible y la historia. Y a veces siento que Hungría, con su lengua tan enigmática, con sus gentes tan singulares, con su misteriosa historia llena de luchas y de imperios, quizás no sea más que un lugar mitológico que se sueña a sí mismo continuamente, y que gracias a ello es capaz de sobrevivir, no sólo al presente, sino al pasado, e incluso proyectarse en el futuro en una reinvención continua. Y que a algunos nos permite visitarlo de vez en cuando en su misteriosa y extraña esencia.

miércoles, 15 de abril de 2009

Una casa socialista


Mónica y yo vivimos en una casa comunista. En un barrio construido en la época comunista. Todas las casas son iguales, bloques de hormigón gris armados con planchas prefabricadas, de una altura entre los cinco y los nueve pisos, separados por zonas ajardinadas en las que aun quedan algunos columpios abandonados. La luz es escasa por la noche, no hay demasiadas farolas en las calles. El asfalto y la naturaleza pugnan por superponerse en los límites de las aceras. Todos los edificios tienen, en su parte anterior y posterior, ventanas. Cada piso tiene vistas a ambos lados, y no sólo la luz solar los ilumina completamente, sino que también las miradas penetran en el quehacer de las habitaciones importantes de la casa, las habitaciones y la cocina. En el baño no, que además suele estar dividido en dos cubículos independientes, uno para la letrina y otro para la bañera, lavadora y lavabo. En el pasillo no caben más de cinco personas juntas de manera incómoda, pero apenas llega la luz a él. El concepto de salón no existe, y hay modelos de pisos pequeños y grandes, con dos o tres habitaciones. Entre 50 y 70 m2 por lo general. Eso sí, hay gas natural y calefacción central para todos los pisos. Y doble cristal en las ventanas, grandes y apenas tapadas por unas cortinas semiopacas. Todo está dispuesto para vivir en comunidad, para ver y para ser visto. El mobiliario es sencillo y funcional, no hay grandes adornos ni grandes posibilidades de ostentación en las casas. Es difícil, salvo en los detalles de decoración, personalizar el piso, y siempre uno se queda con la sensación de que visto uno, vistos todos los pisos, aunque aparentemente el arreglo interior sea muy diferente en unos y en otros. La cuadriculatura de los tabiques y el cubismo casi perfecto de los espacios denota una sencillez abrumadora y aplastante, carente de ideas, propensa a la vacuidad mental. Sin embargo, son pisos agradables para vivir, prácticos, y cualquier detalle les sienta muy bien, porque en su austeridad programada agradecen un toque de color y de distinción.

Sentados en la cocina, que la recorre una mesa de barra paralela a la ventana, observamos muchas veces el devenir de nuestro barrio, y pensamos a menudo, quizás algo novelescamente, cómo hace años quizás viviera aquí, o en un piso semejante, un inspector soviético que controlaría, con una sola mirada, la rutina y la identidad de todos aquellos que hacían su vida en estos bloques.

miércoles, 1 de abril de 2009

Eger: el valle de las bodegas

Las bodegas de Eger tienen la particularidad de encontrarse todas reunidas en un mismo lugar, un lugar bello y de nombre evocador: en el Valle de la mujer hermosa (Szépasszonyvölgy). Un valle amplio y suave, de luz apaisada. En él, en las inmediaciones de la ciudad y dispuestas a ofrecer lo mejor al visitante, un sinfín de bodegas, grandes, pequeñas, de todos los tamaños, colores y ruidos, se enlazan unas con otras en homenaje al fruto fermentado de la vid. Estamos en el centro de un paraíso. Sin embargo, no todos sus rincones son igualmente buenos, y es común oír que las grandes bodegas con restaurante y terraza son las menos interesantes y quizá con vino de no tan excelente calidad. Las bodegas pequeñas, esas sí. ¡Ah, en aquella no cabe un alma, pero cantan y tocan música húngara, sin parar, y sin parar beben y comparten algo más que alcohol tinto! Acaso comparten la tierra que vio crecer las vides. Acaso comparten el ritmo en el que crecieron, la letra que ahora entonan al unísono. Acaso sueñan las ramas sarmentosas que les unen como se unen unas a otras vides, y las uvas en torno al racimo. Pero este no es nuestro lugar, aunque la tentación de internarnos se ve definitivamente truncada por la falta evidente de espacio. Hay lugares, rincones donde un visitante ya no puede pasar, donde se hace imposible entrar, donde hay que conformarse, y alegrarse por ello, con poder contemplar la escena, desde fuera, y penetrando sólo con la mirada hasta donde nos sea posible. No muy lejos, otra bodega, pequeña, no muy bulliciosa, discreta, nos ofrece reposo y tranquilidad en esta tarde de sábado. Podemos probar los Egri más variados. El Bikavér, por supuesto. Pero también el Merlot, el Cabernet, y el Medina para la señorita, según indicaciones del bodeguero. Sin duda alguna, el vino de los comercios, aun siendo de Eger, no tiene semejanza a éste. No hay esta suavidad, esta ligereza, este sinsentir que es el sentir la uva en el paladar mientras el líquido discurre sin tropezar con nada. Así, mientras unos pogácza (hojaldres de sabores) acompañan la degustación, decidimos, entre copa, charla y pogácza, antes de salir, comprar unas cuantas botellas porque el vino es excelente y el precio, además, increíble. Finalmente, con sumo regocijo por parte de todos, una docena de botellitas alargadas y estrechas nos acompañan a la salida, contentos de que estén tan bien acompañadas como nosotros lo estamos sabiendo que nos esperan dignas comidas bendecidas por el vino de los magyares.

domingo, 15 de marzo de 2009

Las flores del Tisza


En primavera miles de tiszavirág se lanzan apasionadamente contra la corriente en crecida del río e inmolan su existencia en sus aguas. Durante esos días el río parece cubrirse de flores flotantes que navegan a la deriva. Este espectáculo de la naturaleza tiene su representación permanente en una escultura de homenaje frente al río, en la que vemos a una bandada de estos mosquitos singulares viajando hacia su destino. De hecho, como si la crueldad humana se identificara con el destino de la naturaleza, hace un par de años la estatua fue arrojada durante una noche al río y tardó un tiempo en ser rescatada y restaurada. Sin embargo, no son estos insectos las única flores del Tisza. Normalmente los szegedinos aman las flores, y con ellas imaginan, sueñan y traman una vida secreta de comunicación mediante un diálogo de pétalos, tonos y aromas: tienen flores para el amor, para el adorno, para el homenaje a los héroes de la nación, para las festividades, y también tienen flores para el río. Porque el río es parte ineludible de la ciudad, parte constitutiva de la esencia de la ciudad. Y porque en primavera el río, cada año, amenaza la propia existencia de la ciudad.


En 1876 Szeged vivió la peor de sus tragedias: una crecida inevitable del Tisza inundó toda la comarca y arrasó por completo la ciudad. Apenas quedaron unas casas en pie, algunos edificios que hoy se consideran monumentos supervivientes. Hubo de reconstruirse en su totalidad, y tal fue la magnitud del suceso que en ello colaboraron los ayuntamientos de grandes ciudades europeas: Londres, París, Viena, Roma, Moscú. Una de las rondas principales de la ciudad lleva sus nombres como agradecimiento. Dicen que no hay mal que por bien no venga, y Szeged estrenó el siglo XX con un diseño urbanístico moderno, con unos planos que habían concursado para reurbanizar la capital del Imperio, Budapest. Las sucesivas rondas que el tiempo ha ido estrenando, cruzadas por calles radiales, han permitido un crecimiento homogéneo y unos accesos relativamente cómodos a diferentes puntos de la ciudad; además, han permitido respetar una visión a vuelo de pájaro de las arterias de la ciudad como un sol anillado enorme con sus rayos, otro de los símbolos de esta ciudad solar. Pero volvamos a la inundación: numerosas casas de estilo fin de imperio y una colosal catedral presidiendo una plaza tan extensa como la de San Marcos de Venecia constituyeron el desafío del Hombre a la Naturaleza y han querido desde entonces conjurar el poder del río sobre lo habitable. Como una ciudad que lucha por no convertirse en una urbe sumergida durante el mes de abril, Szeged rebrotó con un esplendor inesperado a fines del siglo XIX. Por si esto fuera poco (que lo era), el tiempo ha permitido construir unos diques de hormigón que encauzan definitivamente el caudal del río en primavera y que han sido absolutamente necesarios en los últimos años.


La primavera del año 2000 fue intensa, con una crecida que sólo había sido superada en los años setenta. La amenaza se hacía llegar bajo un sol de justicia y con treinta grados de temperatura en el último mes, un sol que había precipitado a la llanura húngara todas las nieves acumuladas en las cumbres transilvanas. El agua llegaba, inevitable, desde el norte, donde asoló las tierras de Tokaji, inundó parte de una ciudad como Szolnok, que quedó desbastecida de agua potable, y realizó un recorrido vertiginoso por la llanura para enfrentarse con los diques de Szeged. El río Maros, que confluye con el Tisza en el recodo previo a su tránsito por la ciudad, también llevaba en su caudal un máximo de agua. La llegada de este gran caudal movilizó a la población, que pasó varias noches concentrando sacos de arena en los puntos abiertos en los diques. En esos momentos, algunos de los barquitos que presiden la estación de pesca, ya quedaban a la altura de la acera del paseo que pasa junto al río, en pleno centro de la ciudad. Desde hacía días, el centro de la ciudad permanecía por debajo del nivel del agua, pero seco gracias al dique, y cada ciudadano llevaba semanas tras este dique conversando y observando con preocupación el lento y constante ascenso del agua: primero había superado su cauce natural, y luego el ascenso por el artificial, como cada año, sumergiendo la carretera de ronda, y ascendiendo, peldaño a peldaño, hasta alcanzar la ciudad. El gobierno realizó desvíos de agua en las afueras e inundó arbitrariamente algunas poblaciones previas; ello logró finalmente que el agua pasara sin mojar los pies de los szegedinos, pero a cambio arruinó los campos y las casas de muchos de los pueblecitos pobres que viven de la cosecha del campo.


El Tisza es un río netamente húngaro desde su geografía histórica: nacido en las ahora rumanas montañas de Transilvania, acoge toda la nieve de éstas en invierno y las lleva de norte a sur por el actual este, centro y sur de Hungría, cruza Serbia, se une al Danubio, y regresa a Rumania al desembocar en el Mar Negro. Es un río de grandes riquezas naturales, de espectacular flora y fauna. Su riquísimo pescado permite disfrutar de una exquisita sopa de pescado a lo largo de sus orillas, y en especial en Szeged, famosa por su receta particular de esta sopa.


Parece que el año 2000 está repleto de sucesos en el Tisza. Una fábrica rumana vertió a las aguas cantidades ingentes de cianuro, y el Tisza quedó desolado según avanzaba el vertido letal. Un aluvión de informaciones, de críticas, de medidas tardías en colaboración con la UE llovieron aquella semana, entre los llantos de la población, que se asomaba a su río, tan amado y temido, para lanzar flores de muerte sobre él. Aquella noticia fue tan impactante que hizo olvidar el susto de la inundación de aquella primavera y muchos comentaban consternados la dimensión de la tragedia ecológica en uno de los ríos con flora y fauna más rica e interesante de Europa Central. Finalmente se evaluaron los daños y pareció que el vertido, aunque dañino, no había exterminado las especies, y un año después parece que la fauna pervive y la riqueza persiste, a pesar de las estimaciones iniciales: hay quien explica esto por la fuerza vital del río; y hay quien lo explica aludiendo a la exageración intencionada de los datos oficiales para poder cobrar a los rumanos lo que los húngaros no pueden de otra manera. En cualquier caso, sólo puedo decir que en el aniversario del suceso, muchos húngaros acudieron a su río, a sus orillas, fieles como los peces que luchan y viven en sus aguas, y en silencio, lanzaron flores y flores, y más flores, porque vivo o muerto, sigue siendo su río y eso nadie, nadie podrá quitárselo jamás.


lunes, 2 de marzo de 2009

La televisión por cable

Yo me pregunto por qué en Hungría en la casi totalidad de los edificios existe un sistema de televisión por cable que comparten todos los vecinos y gracias al cual tienen la posibilidad, cuando menos, de ver no sólo las principales cadenas húngaras sino también una serie de canales temáticos en húngaro y una gama más o menos amplia de cadenas extranjeras, dependiendo del paquete escogido. Me parece que hay cierta obsesión nacional, de obvias razones históricas, con la apertura al exterior, a saber lo que sucede en el mundo, a estar al tanto de la actualidad. También creo que hay una razón lingüística, ya que los húngaros, en posesión de un idioma que lo aisla en el entorno geográfico en que vive de una forma milenaria (es la única lengua no eslava de toda la zona, y con origen no muy definido), necesitan canales propios para conocer el exterior y necesitan aprender idiomas para relacionarse con el exterior. Así, además de la televisión Real (la oficial, distribuida en dos canales) y la emisión internacional con una programación de altísima calidad (Duna TV), han nacido una serie de cadenas comerciales (tv2, RTL club, ATV) en las que convive el espectáculo, el morbo y las películas de acción. Además, hay que añadir los canales locales. Existen una serie de canales temáticos, que son la versión húngara del animal planet, national geographic, discovery channel, dibujos animados típicos húngaros (minimax), un canal sobre ordenadores en húngaro y otras cadenas europeas, BBC y BBC World, TV5, TVE, RAI, TCM (Clásicos del cine norteamericano), Cartoon Networks, HRT(Croata), PRT (serbia), Canal 1 ruso, etc. Hay variaciones según el paquete contratado.

En cualquier caso, la encrucijada de culturas en las que Hungría se ve inserta y también en la encrucijada de culturas en la que desea insertarse se ven reflejadas en esta programación. Además, el afán por el documental científico y el histórico demuestra suficientemente un interés por saberlo todo y por repasar y revisar la historia. Aunque es cierto que cada vez más la telebasura frívola al más puro estilo europeo-americano se impone con rapidez pasmosa.

Ah, por cierto, que existe un canal dedicado exclusivamente a la telenovela latinoamericana, hace furor desde unos años. Y, también, cómo no olvidar un canal pornográfico para las noches calientes.

domingo, 1 de febrero de 2009

El capitalismo y Budapest

Budapest ha sufrido invasiones de todo tipo. Ha soportado guerras y asedios, destrucciones parciales del centro histórico, cambios políticos continuos. Budapest ha sido un lugar clave en la historia de Oriente y Occidente. También la transición del comunismo al capitalismo la ha sufrido Budapest drásticamente, sólo hay que pasear por las calles de Pest. La competencia entre McDonalds y Burger King, dos en cada esquina (esto no es un exageración), se iguala a la de Pepsi y Coca-cola, que se muestra en cada bar, restaurante o ultramarinos. Otras multinacionales dejan su marca en las calles de la ciudad de una manera patente, campando de una manera poco estética y descarada por doquier. Edificios enteros pertenecen a estas multinacionales. Uno puede imaginar al pueblo húngaro ávido de novedades, hace diez años, y uno puede imaginar también Budapest como un mercado vacío y abierto a quien antes llegue y se apodere de él. Y así es. Esos edificios imperiales, esos palacios, cuya restauración depende de capital extranjero, de una empresa que compre el edificio, acaso por un florín, como ha sucedido. Hace diez años llegó el capitalismo, y arrampló con todo lo que pudo, porque nada valía nada, Budapest era una ciudad ganga, un hueco para el mercado.

Así, Budapest camina entre el lujo y la actividad frenética económica y cultural más elevada y la diferencia social más fuerte en muchos de sus habitantes. Uno encuentra vagabundos por doquier, borrachos abandonados a su suerte, ancianas vendiendo una sola flor en los subtes del metro, y uno encuentra también salas de juego, clubs nocturnos, elegantes teatros y restaurantes. Cielo e infierno se entremezclan y conviven en las mismas calles alucinantes, en las mismas avenidas, como para testificar que el cambio ha sido demasiado brusco, demasiado salvaje, en el que no se ha tenido en cuenta la suerte de muchos, en el que el sálvese quien pueda es la regla de la vida, en el que la pobreza, la picaresca y los negocios millonarios forman un mismo círculo maldito, en el que se aprecia, también, la huella constante de la mafia y de cierta corrupción en el ambiente que deja un poso de olor a podrido, a apariencia forzada y falsificada, a tráfico de muchas cosas, a chulo hortera, a estética de puta que no lo es, a putas que lo tienen que ser, a trata de blancas, a timos para el turista imbécil, a tantas cosas. Y muchos húngaros viven y trabajan en la capital, y muchos viven con normalidad ansiosa de alcanzar la media europea, y otros nadan en la superabundancia y el lujo y la lujuría, otros venden lo que pueden y como pueden, y otros se emborrachan de pobreza y viven en la calle y, como una vez observé en el subte de Nyugati, entre el pasar indiferente de una riada de gente que iba y venía, unos técnicos sanitarios verificaban la muerte de un vagabundo tumbado en el suelo mientras otros dos, sobre una caja de cartón, jugaban su partida ajedrez ante la mirada atenta de alguien que no tenía otra cosa que hacer.

Muchos húngaros jóvenes no se dan cuenta, pero Budapest representa para el visitante atento un rebaño de ovejas desangrado por el lobo, representa una feroz y atroz invasión por un capitalismo que arrasó, con sus carteles de deseos en venta, una ciudad que había quedado desposeída de una ideología caduca y rechazada, quebrada ya. Una ciudad que abría sus puertas, porque no podía ni quería hacer otra cosa, y que tampoco pudo ni supo ni quiso entrecerrarlas a tiempo. De hecho, Budapest es una ciudad muy cosmopolita, pero cosmopolita en el sentido de que más de la mitad de la ciudad es propiedad extranjera. Así, una vez más, la Historia demuestra que Hungría se ve desposeída, en una gran parte, de la gran libertad de elegir el destino que le corresponde, del que ya los húngaros, con su característica resignación, se sienten ajenos.

En los viejos palacios que cubren toda la ciudad, bajo cuyas fachadas avejentadas y agujereadas por las guerras y el olvido, subyace un esplendor contenido, resignado: es la Historia de Hungría, es la Historia que cuentan los húngaros, la Historia de un brillo latente y ocultado. Pero cuando Budapest brille, cuando logre limpiarse de muchas cosas, entonces brillará como ciudad ninguna porque la belleza sorprende bajo las capas de esa resignada y obligada suciedad y pobreza que abaten los edificios más magníficos de Europa. Y entonces, sólo entonces, realmente Budapest se convertirá en justicia en la joya del Danubio.

jueves, 15 de enero de 2009

Un vasito de palinka

En cierta ocasión viajábamos con dos amigos españoles y, según nuestro programa, nos detuvimos, tras un día agotador de visita en el Balaton, en Sümeg, un pueblecito muy tranquilo coronado por uno de esos castillos que habitan aquí y allá las colinas del país. Teníamos alojamiento en una pensión familiar y a ella nos dirigimos, aunque tardamos en encontrarla por la oscuridad y porque en un pueblo tan pequeño uno siempre corre el riesgo de perderse, especialmente con un mapa en la mano. En cualquier caso, descubrimos al final de una calle y un caminito nuestra posada o albergue, una casita húngara de dos pisos que es negocio familiar para alojar turistas y visitantes.

La hospitalidad húngara es proverbial, casi una cuestión nacional, quizás si exceptuamos a los habitantes de Budapest. Algunos. Dejémoslo ahí. En Sümeg nos recibieron marido, mujer e hija, con tres sonrisas, una bandeja en la mano y cuatro vasos de aguardiente (palinka) como bienvenida. Afortunadamente habíamos almorzado tarde, pero posiblemente era el palinka con mayor graduación que haya probado en toda la geografía húngara; no podía ni adivinarse qué fruta había sido disuelta en aquel alcohol casero. Inmediatamente después, una vez que vaciamos nuestros vasos, nos acompañaron amablemente a nuestras habitaciones, bien rústicas, y nos explicaron todo lo que había que explicar y nosotros entendimos lo que había que entender, que su hija hablaba algo de inglés y entonces ella nos preguntó cuándo bajaríamos a cenar. Descansamos un rato y luego nos agasajaron con comida abundante, como es costumbre, y una vez más pedimos demasiado, nos equivocamos pidiendo y al final fue imposible acabar con todo, entre risas y chanzas. La velada fue entretenida y no exenta de ternura, pues nuestro anfitrión nos dedicaba palabras en romance que acaso recordara de tiempos antiguos, de otros invitados, y nos sonaba a italiano, rumano, español y alemán. Aunque este último no sea romance. Sin duda, aquella familia se había ganado ya nuestra simpatía y especialmente el cabeza de familia, con su donaire sin par. La mujer de la casa, bajita y oronda, en su papel de cocinera, esperaba ansiosa nuestra aprobación sobre los platos, y todo eran preguntas y comentarios multiligües al finalizar cada cual cada uno de sus platos. Dormimos algo pesadamente, quizá, pero dormimos bien, y a la hora convenida la mañana siguiente nos encontró en el recibidor dispuestos a un desayuno generoso e imposible. Y así fue, no sin antes o después tomar un vasito de palinka, al oportuno e insospechable saludo de un Good morning, Vietnam! alegremente pronunciado. Luego, entre hipos y ardores, era imposible acertar con el queso y el cuchillo o la boca y la taza del café, aunque tras la despedida y de camino al coche, toda la familia nos sonreía y agitaban sus manos como si esperaran un próximo regreso o como si, de no suceder nunca, esperaran que nos lleváramos muy ardientemente su imagen junto con su palinka bien dentro de nuestra sangre y nuestro corazoncito. Y a fe que lo consiguieron.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Santa Lucía y la silla de las visiones

Existe la tradición húngara de que en el día de Santa Lucía, a principios de diciembre, aquellas muchachitas húngaras que aún no tienen novio elaboran pastelitos rellenos de nombres de los chicos que conocen. El juego y el destino, mediante el intercambio de estos dulces, determina el novio que le ha tocado a cada una, el bocado que muerde el pastel descubre el nombre del afortunado. Se entiende que el resultado puede servir de orientación divina para el futuro de las chicas, que quedan en ascuas y con el brillo en los ojos de la ilusión por descubrir aquel hombre que le pertenecerá y con el que habrá de descubrir placeres y deleites.

Pero Santa Lucía invoca no sólo la visión del futuro en este juego ritual e infantil de nombres el azar, Santa Lucía invoca también la visión de aquello que no se ve, lo oculto en la realidad, el mundo espiritual que nos rodea y que se escapa ante nuestra vista terrena. Y se logra a través de la construcción de una silla. El interesado, como si del protagonista de un cuento se tratara, debe buscar trece ramas de árboles distintos y, una a una, día a día, desde la celebración de Santa Lucía, pulirlas, prepararlas y ensamblarlas para elaborar con sus propias manos e individualmente una silla, la silla de las visiones.

La silla, probablemente algo tosca y rudimentaria, quedará terminada el día de Nochebuena, el 24 de diciembre por la noche, y, asegura la leyenda que, si acudimos con esa silla a la iglesia, en el momento de la medianoche, con las campanadas que inician la Misa del Gallo, podremos admirar cómo por la iglesia vagan los espíritus malignos y cómo revolotean a nuestro alrededor, sin percibir daño alguno por el espectáculo.

Santa Lucía los conserve la vista. Y a nosotros también.

martes, 2 de diciembre de 2008

Jó étvagyot!

Por Hungría no sólo corre el agua en abundancia, gracias a esas miles de fuentes termales del subsuelo que trazan una geografía secreta y subterránea por todo el país; también el vino brota, extendido en llanuras y colinas por todo el territorio nacional. La exquisitez de los vinos húngaros, galardonados recientemente con un premio mundial al mejor vino joven, es paralela a su gastronomía, de la que forman parte indiscutible e indisociable. Y tal es la fuerza de estos dos elementos unidos que no conozco a turista o visitante alguno que no haya disfrutado su estancia húngara atendiendo sin querer a las delicias de la mesa y de la copa, con un entusiasmo que no he visto por otras gastronomías. La mayoría de estos visitantes descubre al cabo de una semana que ha ganado en peso más de lo que esperaba y puede soportar. Pero es algo inevitable para muchos, digamos que es irresistible, al menos durante los primeros tres o cuatro meses. Un conocido que estuvo de visita volvió a su tierra gritando, no sin asombro: “¡Me he comido la mitad de Hungría, y la otra mitad... me la he bebido!”. Quien haya de sobrevivir al menos un año en estas tierras bárbaras debe esforzarse y luchar continuamente por recuperar parte de una hipotética dieta mediterránea. Por supuesto, es imposible.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Memorias del comunismo


Es un lugar común entre muchos adultos de izquierdas recordar cómo en la época socialista, especialmente en los años de Kádár, todo el mundo tenía un trabajo, tenía un techo y tenía con qué alimentarse. Algunos jóvenes, sin embargo, resaltan que en aquella época, al decir de sus padres, no había variedad, por ejemplo, el plátano era una fruta desconocida y mítica que sólo los hijos de los grandes políticos podían comer. Parece ser cierto que en aquella época no existía una riqueza, un sentido desarrollado de la posesión, un ahorro por parte de las familias, porque gran parte de lo necesario lo proporcionaba el estado. Me cuentan que las familias se desplazaban sin apenas pagar nada hasta zonas de recreo para veranear en campamentos que compartían con otras familias. O que había intercambios entre colectivos de diferentes ciudades para conocer las respectivas localidades. Me cuentan también, y aun quedan, abandonadas, las ruinas de lo que hasta hace diez años aun funcionaba, que en todos los barrios había en los parques, numerosos también ahora, una serie de columpios para los niños, e incluso piscinas. Ahora yacen rotos y abandonados, porque no hay suficiente dinero y atención para ellos. Me cuentan que las madres, cuando parían un hijo, tenían tres años de baja en el trabajo, sin dejar de cobrar un forint, para dedicarlos por entero al recién nacido. Es algo que aun se mantiene, si bien el porcentaje del sueldo que se cobra es inferior al total correspondiente. Me cuentan muchas cosas del socialismo, del comunismo. Ante todo, hay cierta nostalgia por la seguridad de unas necesidades básicas que con la entrada del capitalismo ha desaparecido. La sombra del paro, el coste de la vida, la amenaza constante de las modas y las drogas son una preocupación para muchos padres, que ven que el futuro de sus hijos depende ahora de otras razones. Aunque la mayoría de ellos vive inmerso en el cambio y en la posibilidad de las esperanzas que llegan desde Europa y ocupan los televisores en forma de programas espectáculo y publicidad arrasadora.

Ahora dicen que hay gente mayor en paro que lo está porque en el comunismo todos tenían trabajo pero no todos trabajaban. De hecho, hay continuas parodias a este trabajador perezoso que nunca trabajaba porque nada ganaba ni nada perdía. Estos vagabundos no tienen buena fama, acaso los toman por hombres locos.

viernes, 31 de octubre de 2008

La isla de las brujas y la noche de los muertos



Hoy es 31 de octubre, es la noche de los muertos y hay luna llena. Los cuervos pueblan toda la ciudad desde hace siete días. A orillas del Tisza, a unos centenares de metros de la ciudad, queda la linde del bosquecillo al que denominan isla de las brujas, pelado de hojas por el otoño y sumido ahora en la penumbra de la noche. Un murciélago vuela por el anochecer. Todavía hay algunos pescadores y nosotros avanzamos con las bicicletas hasta encontrar un recodo adecuado para el rito que queremos realizar. Todo está en silencio, excepto los ecos habituales de la naturaleza, sospechosos siempre en estas circunstancias. Un bicho bastante grande nada por el centro del río, resulta inidentificable. Es la noche de los muertos y los espíritus. En casa nos aguarda nuestra calabaza vacía, esperando con su sonrisa entre cómica y asustadiza, su vela, y también nos espera, tembloroso, un dulce de calabaza, listo para comer. Pero ahora estamos lejos de casa, camino de las sombras, por el sendero de la isla de las brujas, en una noche que, de alguna forma humana, hay que celebrarla. También si se está lejos de casa.

El lugar lo merece doblemente. Hace casi trescientos años en este mismo paraje se consumó la última quema de brujas en Europa, mediante el conocido proceso de Szeged. 13 personas fueron quemadas, el 14 de junio de 1728, y una fue absuelta por embarazo. Previamente, durante el proceso, otras cuatro habían perecido por las torturas y la “prueba” del agua: arrojados al río, aquellos que flotaban eran juzgados y sentenciados; los que no, eran inocentes. Pero los inocentes ya no volvían nunca más y, aogados, eran arrastrados por la corriente del río. Este proceso escandaloso y excepcional en tierras húngaras, que pese a lo que nos sugiera su evocación era bastante pobre en brujerías, parece que tuvo lugar por una serie de cambios climáticos bruscos problemáticos para la economía local y una serie de privilegios otorgados a ciertos extranjeros que llegaban a la ciudad para asentarse. Poco a poco cundió el pánico al hablarse de brujas y aquello generó una venganza social. Se utilizaron los manuales inquisitoriales más crueles existentes en Europa en un proceso que comenzó el 14 de junio de 1728 y que finalizó en el fuego poco más de un mes después.


Desde aquel instante al lugar de la ejecución se lo conoce como isla de las brujas, y en esta noche de fantasmas intentamos recordar este hecho formidable. La luna llena ilumina el curso del río. Nos sentamos a la orilla. Pensamos también, cada uno, en nuestros fantasmas, en nuestros muertos, en nuestras vidas. En aquellos que ya se los llevó el río, esos ríos que van a dar a la mar. Es obvio que el destino ha preparado esta mañana la clase de literatura y he tenido que explicar aquellas coplas de Manrique a la muerte de su padre. En algún momento y lugar suena una campana lejana. Sólo escuchamos su eco. Despierte el alma dormida, avive el seso y depierte...

Encendemos una vela, al modo budista, y la hacemos flotar en el río. Brilla como nada en el paisaje, y al principio parece viajar a contracorriente, río arriba. Es quizás el espíritu de los muertos, que se manifiesta sobre toda ley natural. Finalmente, alcanza el centro del río y la llama comienza su viaje inexorable, alma en pena. En el cielo, titilan las estrellas; en el agua, flota y se consume, lentamente, la llama. La vemos alejarse y nos retiramos, buscando en el silencio oscuro la salida del bosquecillo, un sendero que nos conduzca de regreso a la vida cotidiana. Encontramos la pista de tierra, el camino de los vivos: desde allí se ve otra luz, la luz de la ciudad; las torres iluminadas de la iglesia votiva, por encima de todo, nos dan la bienvenida mientras sus campanas, y por encima de todas la llamada campana de los héroes, tañen anunciando una nueva hora que pasa, una hora que ya ha pasado, una hora que hemos consumido, quizás también consumado, y que ya no volverá.

lunes, 15 de septiembre de 2008

La vendedora de muñecas

Cerca de la plaza Csillág, en una calle transitada de nuestro barrio de viviendas grises, hay un banco de madera junto a unos matorrales. A menudo se sientan ahí escolares esperando a compañeros y charlan un rato; o descansan algunas mujeres camino de la compra; o se sientan momentáneamente algunos hombres borrachos que no saben qué dirección tomar exactamente. Todos pasan unos minutos ocasionales por este banco. Sin embargo, existe una mujer que con sorprendente irregularidad pasa horas enteras en ese banco, se adueña tímidamente de él por las tardes y ofrece a los transeúntes un espectáculo silencioso y desapercibido: no viene sola, y la acompaña su colección de muñecas. De muñecas de trapo. No sé si la mujer, que lo parece, ha trabajado en la costura e incluso en la realización de estas muñecas durante años. Lo cierto es que, sin ser una anciana, pero con el tiempo de quien ya no lo cuenta, trae consigo algunas de sus muñecas y las coloca junto a ella para venderlas. Todas destacan por su sonrisa y por un aire de familia que las envuelve. Hay muñecas y muñecos, de cuyos atuendos puede uno imaginar bailarinas y piratas, o simplemente muchachas y muchachitos vestidos a una moda indefinida pero muy variada. Las muñecas están hechas a todo detalle, cada pieza de sus trajecitos sencillos (camisa o camiseta, pantalones, manguitos) es individual. Las muñecas son muñecas como las que uno ha podido soñar toda la vida: tiernas, cercanas, eternas confidentes, a las que uno no se resiste en abrazar, y con las que puedes inventar mil aventuras porque mil aventuras sugieren. Los ojos y la sonrisa están pintados, siempre hay un cierto rubor en las mejillas de caras pálidas. Bueno, también hay muñecas mestizas. De todo hay. Y miran a los transeúntes silenciosas y pacientes, como su creadora.

A veces, quizá en primavera, esta vendedora de ilusiones aparece como por arte de magia en al banco. Camino del supermercado, te cruzas con ella, que calla sola o charla con alguna otra mujer; a la vuelta de tus quehaceres, un rato más tarde, ya ha desaparecido. Varias veces nos hemos acercado y, por supuesto, hemos elegido muñecas: la primera que compramos se llama Jutka, una muñequita pequeña, de ropita verde y oscura, pelirroja, con una de las sonrisas más hermosas que jamás he visto en muñeca alguna. A ella, en otras ocasiones, han seguido algunas más, siempre como regalo para personas a las que queremos. La vendedora, a pesar de nuestra incompetencia lingüística, siempre se esfuerza por hacernos ver lo bien hechas que están las muñecas, con explicaciones detalladas y demostraciones prácticas. Lo hace con pasión, con alegría, con cierto orgullo. Yo me deleito, mientras la ciudad sigue su ritmo, en la contemplación de aquel paraíso improvisado. Es tan difícil elegir. Y supone una natural tragedia, pues la mujer, cayendo en la cuenta de que sus preferencias han sido captadas por el cliente, que se lleva una de las más hermosas parejas, las abraza por última vez y se despide tierna y cuidadosamente de ellas envolviéndolas en una bolsita de plástico que ata con un lazo de color.

Ya no sé cómo imaginaba las hadas en mi infancia, supongo que con velos, luces y vestidos, seguramente en escenarios muy distintos a una calle de asfalto quebrada por el tiempo; pero ahora puedo asegurar que descubro y reconozco -con mayor emoción y sobrecogimiento que nunca- a las verdaderas hadas, tan humanas en su esplendor, cuando preocupado por comprar la leche o el pan me encuentro inesperadamente que un banco de la segunda calle a la derecha de la plaza de la Estrella, parece poblarse, como por arte de magia, de un sinfín de niños perdidos como llegados del País de Nunca Jamás que esperan ser reconocidos por los ojos de los que pasamos, que caminamos como perdidos en la rutina de nuestros hábitos.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Los basureros de la ciudad



Frente a la ventana de nuestro primer piso está Kuka. Kuka no es ningún animalito travieso, pero es un quieto observador de la vida del barrio. Kuka se llama así porque un buen día alguien llegó hasta él y dejó tal nombre marcado en negro sobre el fondo gris de su chapa metálica. Kuka es nuestro contenedor de basuras: sumiso, callado, paciente con todos nosotros. Acepta con infinita delicadeza nuestros múltiples y variados desperdicios. Pero aun hace más. Como si fuera una sede móvil de alguna ONG singular, permanece en todo momento en su puesto a la espera de quienes, faltos de recursos propios, se nutren de los restos de los ajenos.

A veces miramos por la ventana y nos encontramos, tan frecuentemente, con la siguiente imagen. Un hombre, una mujer o una pareja, llegan en unas bicicletas tan viejas como ellos, y se detienen frente a Kuka. Kuka espera y se deja hacer. Los viejos hurgan en su interior, buscan. A veces salen cuartos de hogazas de pan, fruta, otros alimentos. O ropa. O restos de botellas de vino. O el vidrio, despreciado a menudo pero retornable en muchos establecimientos. Añaden todo lo útil a sus bolsas de plástico, a las cestas de sus bicicletas. Luego reemprenden la marcha hasta el siguiente contenedor, unos metros más allá. Son numerosos los que repiten esta operación a lo largo del día. Algunos incluso llegan con guantes desgastados por el uso, por la suciedad y por el tiempo. Kuka y otros como Kuka les sirven de mercado de abastecimiento cotidiano. Frente a las grandes superficies como CORA, TESCO o METRO, que anuncian una Navidad llena de gastos, se sitúan a lo largo de la ciudad estos minimercados de la supervivencia, con los restos de lo que los demás nos negamos a consumir.

Resulta duro y difícil verlo, reconocerlo, y asumirlo, cuando por costumbre observamos a través de la ventana y hallamos, a veces bajo el frío, al hombre, a la mujer o a la pareja de viejos rebuscando entre la basura para encontrar algo que les sirva de sustento o ayuda para subsistir en un futuro que, para ellos, no se promete en ningún aspecto mucho mejor.

jueves, 21 de agosto de 2008

El foso de Attila, rey de los hunos


Cuenta la leyenda que Attila, aquel rey de los hunos tan famoso y criticado por la Historia, está enterrado en el río Tisza, por supuesto en sus riberas, en las cercanías de Szeged, pero nadie sabe muy bien dónde, porque de hecho, ni su tumba ni sus ataúdes han sido hallados. Esto me lo cuenta un digno sucesor suyo, un Attila de diecisiete años que me explica lo siguiente respecto al misterio insondable de un solo cuerpo y tres ataúdes. Resulta que el huno Attila dispuso para sí tres ataúdes: uno de oro, otro de plata y un tercero de plomo. El de oro era el más pequeño y fue introducido en el de plata, y el de plata a su vez en el de plomo. Parece ser que una vez concluida la operación llegó Csaba, hijo de Attila, y mató a todos los servidores de su padre, e hizo desaparecer los tres ataúdes con padre incluido. Con lo cual, este misterio nacional relacionado con la no menos misteriosa y confusa historia de los orígenes del pueblo húngaro queda sin resolver. Quizás, con todo el lío de probar cómo iba lo de los ataúdes, Attila se olvidó en primer lugar de meterse en el ataúd de oro y luego fue demasiado tarde para hacerlo y poder escapar así, muerto o vivo, poco importaba quizás, a la ira de su hijo Csaba, que seguramente no dejó ni quiso dejar rastro de él, ni siquiera el rastro que decían que dejaba su padre Attila, y sobre el cual no crecía la hierba nunca más. Posiblemente aquí acabó su recorrido, por qué no, y a fe que pensó que en un lugar tan verde habría de descansar mullida y frescamente para el resto de la eternidad.

domingo, 10 de agosto de 2008

Los 13 de Arad y la cerveza

El 6 de octubre se conmemora un hecho de importancia nacional en Hungría. El mismo día del año 1849, trece generales del ejército independentista húngaro fueron ajusticiados en la ciudad de Arad (actualmente Rumanía). En aquella guerra de independencia frente a los austriacos, Hungría fue, una vez más, la perdedora, y como castigo ejemplar, el Imperio decidió asesinar públicamente a estos militares, que desde aquel momento son ya héroes de la patria.

Los austriacos celebraron con cerveza la victoria y el acontecimiento, mientras gritaban en contra de los perdedores. Aquello fue quizás excesivo para el pueblo húngaro, humillante en demasía, y el descaro debió de ser patente, porque desde aquel año se forjó la promesa común de que ningún húngaro brindaría con cerveza, al menos durante ciento cincuenta años. En recuerdo de este suceso y de la indignidad del vencedor. Y así ha sido.

Esto lo demuestra un acontecimiento reciente. Me cuentan que una cerveza alemana tuvo hace un tiempo la mala suerte de centrar su publicidad sobre varias personas brindando con la cerveza. Pronto debieron retirar la campaña porque no tuvo éxito alguno.

Así, si ustedes echan cuentas, solamente hace un par de años que este periodo venció, y ya algunos húngaros brindan con cerveza. Pero, es curioso, la mayoría prefiere conservar esta costumbre, y perpetuarla como recuerdo de aquel deshonor. La costumbre se ha convertido en tradición.

sábado, 2 de agosto de 2008

Una bodega en Villány


Villány es un pueblecito del suroeste de Hungría conocido por sus bodegas. Al igual que Eger o Tokaj, es uno de los centros productores del mejor vino del país. Blanco, rosado, tinto. Todos los matices para un paisaje de colinas suaves que asoman hacia el sur a Croacia. Cerca, muy cerca, transcurre el Danubio, amplio y solemne. Las viñas se extienden y el atardecer es dorado. El visitante respira la absoluta tranquilidad, el reposo absoluto del campo, la pureza del aire y el frescor de la brisa. A la entrada de Villány, sobre una ladera, un hombre fuma y toca su acordeón. Quizá lo haga todas las tardes, quizá nunca se haya movido de ahí, quizá nunca lo haga en el futuro y permanezca para siempre mientras unas notas suspendidas en el aire hacen vibrar la luz.

Nos dirigimos a una de las numerosas bodegas, nos internamos en el camino que nos ha de llevar hasta ella, caminamos entre viñas en hileras. Algunos perros ladran en las cercanías. Es septiembre y las uvas están en su punto. Dulces. Por supuesto, al llegar nos recibe toda la familia (pues es negocio familiar) y la señora de la casa, con una sonrisa nos ofrece un vasito de palinka casero, que hay que tomar. Me acuerdo de otras tantas veces, como si viviera una vez más la eterna bienvenida al cielo mediante el licor divino, sin duda de Zeus, pues sabe divinamente a rayos. Ahora parece un atardecer más rojo, y el alcohol se siente caer en el estómago aún vacío. Desde la puerta de esta casa húngara se divisa toda la campiña con sus vides. Un instante para la eternidad. Refresca. Entremos, pues el calor del hogar nos espera. El interior rústico en madera oscura y yeso blanco está decorado con austeridad. Algunos páprika, algunos instrumentos de cocina. Dos grandes mesas corridas esperan a los comensales, y reciben unos calderos llenos de disznópörkölt, un típico guisado de cerdo a la húngara. Con galuska, claro. Y unos pepinillos y páprika en vinagre para acompañar. Mientras el estómago comienza su tarea el bodeguero, orondo, tranquilo y orgulloso nos explica el origen y la historia de la bodega, y después presenta la primera botella de vino, la primera degustación. Un blanco suave como la luz que dejamos al entrar. Un chardonnay excelente del año 1999. Parece que las grandes cosechas fueron las del 97, 99 y 2000. Una segunda botella nos trae quizá el mejor rosado que yo he probado en este país: un Cuvée Rosé del año 98. De un color bermejo acariciador, resulta admirablemente ligero. Finalmente llegamos a los tintos: un Kékoporto y un Kékfrankos, y por petición del catador un Cavernet Sauvignon. También un Cuvée llamado Diana en honor a la hija del bodeguero: una interesante mezcla de sabores. Tras la cena, descenso a los cielos del vino, la bodega. Es el momento de comparar unos y otros vinos, unas y otras barricas. El bodeguero, avezado, bebe el que más, parece feliz compartiendo su vino, comentando sus experiencias. Sonríe pleno de satisfacción. El vino y la charla corren parejos al son de una música húngara que no suena esta noche, pero que otras muchas sí. No importa, en nuestro interior podemos sentir algo de su ritmo y algo de su melancolía, mientras las copas llenas imprimen los cambios modales en la partitura y el descorche de botellas un cambio de tempo...

Al salir, todo está oscuro y hace frío. Se impone el regreso. Atrás queda bodeguero y familia, vinos y barricas. Pero todos nos llevamos, a buen seguro, no sólo una placentera e ilustrativa experiencia, a más de unas cuantas botellas encima, sino también un exquisito e imperdonable sabor de boca.

viernes, 11 de abril de 2008

Un paseo por el centro histórico de Szeged

Quizás porque su reconstrucción data de finales del siglo XIX el centro histórico de Szeged no está anclado en la evocación de un pasado lejano. Quizá también por esa misma razón es un núcleo urbanístico bien adaptado al resto de la ciudad, y penetramos en él con la adecuada transición, plena de naturalidad. Lejos queda cualquier vestigio del siglo de su fundación, el siglo XIII, a excepción de una torre en la actual plaza de la catedral, a excepción del río Tisza, el gran habitante de la llanura. Lejos, muy lejos incluso queda la mayoría de las casas y palacios anteriores a 1879, ahora puro recuerdo e imagen sólo de algunos grabados llenos de la nostalgia del blanco y negro, ya que a los edificios se los llevó el río con una inundación como nunca se había visto en la zona. Así, hallamos un centro histórico presidido por la ausencia y reurbanizado en pleno imperio austro-húngaro. Aún Hungría (junto con Austria) se extendía casi hasta Belgrado, doscientos kilómetros al sur de Szeged, y más allá de Arad, de Kolozsvár, cien, doscientos y más kilómetros hacia el este-noreste, y no era, ni de lejos, como le ha tocado ser en el siglo XX, una ciudad fronteriza, ni con Serbia ni con Rumanía.


Muchos de los edificios recuerdan a los grandes palacios budapestinos, aunque poseen una escala menos monumental, más aceptable para la vida cotidiana. La mayoría de estos edificios despliegan amplios patios interiores, luminosos, algunos con comercios y otros servicios. Disfruto especialmente con un patio de un edificio hermoso, de color rosa oscuro, sí, rosa oscuro. Todo el edificio, excepto el tejado, es rosa oscuro. En Szeged hay edificios rosas, verdes, azules, amarillos y blancos. Y de otros colores. Éste del que hablo ahora queda frente al puente viejo, un puente que une la antigua y nueva Szeged y que se reconstruyó, a juzgar por su estilo metálico, en la segunda guerra mundial. Así de viejas y nuevas son las cosas, también las ideas, en estos parajes. El edificio del que tratamos se usa como una serie de viviendas particulares. Evidentemente, la comunidad no tiene suficiente dinero (como sucede con tantos palacios en la capital, en Budapest, y también aquí) y las fachadas, una vez más, muestran sus arrugas con desconchones e irregularidades. No obstante, esto le otorga belleza, y colabora una vez más a labrar ese aspecto un tanto decadente, pero armónico, de la ciudad. Una avejentada puerta de madera da entrada al patio. Una escalera interior con paredes de color crema y columnitas blancas con capiteles en yeso blanco permite el acceso a sus tres plantas. Desde abajo, desde el centro del patio, vemos las balconadas, con flores, rejas y algunos adornos en los muros. No sé por qué, esta imagen me evoca el sur.


Es sorprendente pasear y descubrir cómo los edificios son muy diferentes entre sí, aun guardando una línea de diseño relativamente parecida. Llaman mucho la atención varios palacetes con decoración art-noveau. Hay uno en la calle Dozsa en cuya fachada destacan porcelanas de colores con formas florales. Parece que estas porcelanas proceden de la singular y centenaria fábrica de Zsolnay, en Pécs, famosa en el mundo entero durante la primera mitad del siglo XX, y aun su exclusividad perdura hoy. Hay otro junto a la plaza Dugonics (palacio Reök) con una escalera interior hermosísima, que representa un bosque de flores verdes. A muchos les recuerda el estilo de este edificio a algunas obras de Gaudí, aunque se asegura que el arquitecto (Magyar Ede) jamás conoció la obra del catalán. Junto al río tras un parquecito tranquilo y agradable, están, además de otros edificios, el Teatro Nacional de Szeged, ocre y solemne, y frente a él los restos mínimos de la antigua fortaleza que protegía la ciudad. Junto al puente y en el centro de la plaza Roosevelt, el museo, macizo y neoclásico, preside una fuente amplia y bella entre árboles y bancos. Los leones de la entrada parecen querer custodiar la fontana. Si seguimos adelante por la calle Oskola entre sus casas y edificios de colores llegaremos enseguida a la plaza de la iglesia (Dóm tér), una plaza marrón oscuro dicen que tan grande como San Marcos de Venecia y en cuya iglesia también creo descubrir otras posibles relaciones con la ciudad italiana. Esta plaza, a modo de plaza mayor, está rodeada por un pórtico sumamente curioso, ya que a lo largo de sus paredes desfilan uno tras otro más de un centenar de bustos de personajes representativos de la Hungría de todos los tiempos. Poetas, científicos, etnógrafos, guerreros, políticos, etc. Toda una iconografía de la historia y cultura húngara. En una de las balconadas frontales, además, existe un reloj que a determinadas horas permite mostrar un juego de autómatas musical en el que desfilan al son solemne de una melodía los representantes-arquetipo de la ciudad. En el otro frente se alza la iglesia votiva, elevada hace un centenar de años como reclamo y voto divino en homenaje a la supervivencia de la ciudad tras la trágica inundación de 1879. Con sus dos torres de 91 metros apuntando al cielo, desafía la horizontalidad del río, que corre a tan sólo unos pocos metros, con la verticalidad de sus líneas. Tras ella, queda el insigne edificio de la Casa de las Ciencias Húngaras y también la iglesia ortodoxa, con su torre característica. Si salimos por el pórtico de esta plaza llegaremos a la llamada Porta Herorum o Puerta de los Héroes (Hösök kapu), la puerta por la cual los soldados partían a la guerra y llegaban también de ella. Dedicada en especial a los héroes de la primera Gran Guerra, por ambos lados la custodian dos enormes soldados tallados en piedra que representan la vida y la muerte. En el interior de la puerta, se encuentran diferentes dibujos simbólicos en torno a la guerra, a los batallones, al pueblo húngaro en lucha, la magyar virtus. Una calle a la derecha, dedicada a Kossuth Lajos, héroe de la independencia, nos lleva hasta la plaza Dugonics, donde además de ocultarse entre los arbustos la estatua de este intelectual, nos encontramos con una de las fuentes más concurridas de la ciudad, ya que posee varias gradas de piedra de las que a ciertas horas brota música ambiental. Cuando es primavera y el sol calienta, cualquier persona que tenga media hora libre, reposa en paz durante unos minutos, mientras la vista y el oído se entretienen también con el agua de la fuente y la actividad del resto de los ciudadanos. También esta fuente está dedicada a la ciudad en relación con el agua, en el centenario de su inundación, pues unos versos de Juhász Gyula grabados en torno a ella recuerdan el hecho. En frente, el frontal amarillo del edificio de la Biblioteca Central de la Universidad de Szeged completa el escenario, con una estatua del atormentado poeta universal adoptado szegedino József Attila.


Desde Dugonics podemos cruzar la calle comercial y más emblemática de la ciudad, la calle Kárász. El kárász es un típico pececito de río muy sabroso en sopa y también frito con páprika molida. Pero no hay aquí ninguna pescadería, no hay pescaderías en hungría. La calle Kárász está recién restaurada, suma tiendas y cafés, también el inevitable McDonalds, y en algunos de los patios interiores de las casas, más tiendas y más cafés. En el centro de la calle queda la plaza Kláuzal, antigua plaza del mercado del pan, y cuyas casas sobrevivieron a la inundación y fueron modelo para reconstruir otras. Aquí se dan cita los actos solemnes de los días nacionales, pues una hermosa estatua blanca en honor a Kossuth recibe al visitante. También en esta plaza está la famosa pastelería Kis Virág, que antiguamente servía el mejor Somloi Galuska del país, pero actualmente puedo asegurar que no es así. Hatos Rétes, a su lado, es una pastelería especializada en los dulces llamados rétes y en eso son sin duda los mejores. Si salimos de esta plaza coqueta, allá por donde pasa el tranvía uno chirriando, podríamos toparnos en una esquina con la casa negra (Fekete Ház), un edificio singular de estilo romántico que también sobrevivió a la inundación. Su color oscuro le dio el nombre. Pero volvamos a Klauzál tér, porque desde allí enseguida se termina la calle Kárász y llegamos a otra de las plazas de la ciudad, la más popular, dedicada también a otro político eminente del pueblo húngaro: la plaza Széchenyi, plaza inmensa con un jardín central. A uno de sus lados, el ayuntamiento, vestido de flores y cubierto con ese color amarillo ocre tan característico de cierta época de la historia húngara. Está unido a otro edificio por un pasaje que aquí denominan “puente de los suspiros”, pasadizo por el cual deambulaba a su gusto el emperador Francisco José cuando visitó Szeged, pasadizo ante el cual suspiran los szegedinos por tratarse de la conexión entre el ayuntamiento y el edificio de la Hacienda local. Si bordeamos el ayuntamiento nos encontramos con el edificio que actualmente pertenece a la compañía ferroviaria estatal (MÁV), y puede verse una locomotora antigua en su jardín. Por el frente, el edificio es realmente bello, con un aire flamenco, y encara una placita céntrica desde donde se accede a los baños termales de la ciudad (de estilo turco y en plenísima decadencia por el momento) y a una iglesia calvinista (la iglesia del gallo, pues un gallo culmina su torrecita) encantadora. Pero lo más curioso y popular de esta plaza reside en una sencilla y pequeña fuente de agua con propiedades minerales, a la que muchos acuden diariamente, y que está coronada por la estatua de una chiquilla a la que llaman Ana. Así, la fuente de Ana (Anna kút) es un lugar que podría pasar desapercibido para cualquier turista, pero inevitable para cualquier szegedino.


Un poco más lejos, en una zona agradable de calles tranquilas y arboladas de la ciudad, en el centro del barrio judío, en la calle Jósika, podríamos descubrir las sinagogas (la antigua y la nueva), dos lugares de belleza incomparable que la comunidad hebrea de la ciudad se esfuerza en cuidar. De hecho, la sinagoga nueva está considerada como la más bella del país e incluso de centroeuropa.


Démonos un respiro desde el puente viejo, ese que recuerda tanto a los puentes de posguerra; desde allí se observa una hermosa panorámica del centro histórico de Szeged. En un primer plano, para que no olvidemos nunca su inevitabilidad y su papel, está el Tisza, acariciando con su cauce los pies de la ciudad. Tras los muros protectores, se aloja la hilera de casas y edificios que bordean el paseo sobre el río. Y sobre ellos destacan tres torres y una cúpula: la cúpula y las dos torres de la iglesia votiva y, como si en esta ciudad fronteriza toda convivencia debiera mostrarse, aparece como entrelazada la torre de la iglesia ortodoxa. El sol desciende un poco más lejos, el río corre manso, y en la lejanía, sus orillas llenas de vegetación anuncian la simbiosis de la ciudad que acaba y la naturaleza que comienza, allá donde el paseo por el río se convierte en un paseo por el bosque, por la llamada Isla de las Brujas (Bozsorkánysziget), allá por donde el río recorre otros países y otros paisajes, camino de Serbia, buscando al Danubio, y cruzando con él los Balcanes regándose sus aguas con sus eternas miserias y también sus alegrías.