viernes, 11 de abril de 2008

Un paseo por el centro histórico de Szeged

Quizás porque su reconstrucción data de finales del siglo XIX el centro histórico de Szeged no está anclado en la evocación de un pasado lejano. Quizá también por esa misma razón es un núcleo urbanístico bien adaptado al resto de la ciudad, y penetramos en él con la adecuada transición, plena de naturalidad. Lejos queda cualquier vestigio del siglo de su fundación, el siglo XIII, a excepción de una torre en la actual plaza de la catedral, a excepción del río Tisza, el gran habitante de la llanura. Lejos, muy lejos incluso queda la mayoría de las casas y palacios anteriores a 1879, ahora puro recuerdo e imagen sólo de algunos grabados llenos de la nostalgia del blanco y negro, ya que a los edificios se los llevó el río con una inundación como nunca se había visto en la zona. Así, hallamos un centro histórico presidido por la ausencia y reurbanizado en pleno imperio austro-húngaro. Aún Hungría (junto con Austria) se extendía casi hasta Belgrado, doscientos kilómetros al sur de Szeged, y más allá de Arad, de Kolozsvár, cien, doscientos y más kilómetros hacia el este-noreste, y no era, ni de lejos, como le ha tocado ser en el siglo XX, una ciudad fronteriza, ni con Serbia ni con Rumanía.


Muchos de los edificios recuerdan a los grandes palacios budapestinos, aunque poseen una escala menos monumental, más aceptable para la vida cotidiana. La mayoría de estos edificios despliegan amplios patios interiores, luminosos, algunos con comercios y otros servicios. Disfruto especialmente con un patio de un edificio hermoso, de color rosa oscuro, sí, rosa oscuro. Todo el edificio, excepto el tejado, es rosa oscuro. En Szeged hay edificios rosas, verdes, azules, amarillos y blancos. Y de otros colores. Éste del que hablo ahora queda frente al puente viejo, un puente que une la antigua y nueva Szeged y que se reconstruyó, a juzgar por su estilo metálico, en la segunda guerra mundial. Así de viejas y nuevas son las cosas, también las ideas, en estos parajes. El edificio del que tratamos se usa como una serie de viviendas particulares. Evidentemente, la comunidad no tiene suficiente dinero (como sucede con tantos palacios en la capital, en Budapest, y también aquí) y las fachadas, una vez más, muestran sus arrugas con desconchones e irregularidades. No obstante, esto le otorga belleza, y colabora una vez más a labrar ese aspecto un tanto decadente, pero armónico, de la ciudad. Una avejentada puerta de madera da entrada al patio. Una escalera interior con paredes de color crema y columnitas blancas con capiteles en yeso blanco permite el acceso a sus tres plantas. Desde abajo, desde el centro del patio, vemos las balconadas, con flores, rejas y algunos adornos en los muros. No sé por qué, esta imagen me evoca el sur.


Es sorprendente pasear y descubrir cómo los edificios son muy diferentes entre sí, aun guardando una línea de diseño relativamente parecida. Llaman mucho la atención varios palacetes con decoración art-noveau. Hay uno en la calle Dozsa en cuya fachada destacan porcelanas de colores con formas florales. Parece que estas porcelanas proceden de la singular y centenaria fábrica de Zsolnay, en Pécs, famosa en el mundo entero durante la primera mitad del siglo XX, y aun su exclusividad perdura hoy. Hay otro junto a la plaza Dugonics (palacio Reök) con una escalera interior hermosísima, que representa un bosque de flores verdes. A muchos les recuerda el estilo de este edificio a algunas obras de Gaudí, aunque se asegura que el arquitecto (Magyar Ede) jamás conoció la obra del catalán. Junto al río tras un parquecito tranquilo y agradable, están, además de otros edificios, el Teatro Nacional de Szeged, ocre y solemne, y frente a él los restos mínimos de la antigua fortaleza que protegía la ciudad. Junto al puente y en el centro de la plaza Roosevelt, el museo, macizo y neoclásico, preside una fuente amplia y bella entre árboles y bancos. Los leones de la entrada parecen querer custodiar la fontana. Si seguimos adelante por la calle Oskola entre sus casas y edificios de colores llegaremos enseguida a la plaza de la iglesia (Dóm tér), una plaza marrón oscuro dicen que tan grande como San Marcos de Venecia y en cuya iglesia también creo descubrir otras posibles relaciones con la ciudad italiana. Esta plaza, a modo de plaza mayor, está rodeada por un pórtico sumamente curioso, ya que a lo largo de sus paredes desfilan uno tras otro más de un centenar de bustos de personajes representativos de la Hungría de todos los tiempos. Poetas, científicos, etnógrafos, guerreros, políticos, etc. Toda una iconografía de la historia y cultura húngara. En una de las balconadas frontales, además, existe un reloj que a determinadas horas permite mostrar un juego de autómatas musical en el que desfilan al son solemne de una melodía los representantes-arquetipo de la ciudad. En el otro frente se alza la iglesia votiva, elevada hace un centenar de años como reclamo y voto divino en homenaje a la supervivencia de la ciudad tras la trágica inundación de 1879. Con sus dos torres de 91 metros apuntando al cielo, desafía la horizontalidad del río, que corre a tan sólo unos pocos metros, con la verticalidad de sus líneas. Tras ella, queda el insigne edificio de la Casa de las Ciencias Húngaras y también la iglesia ortodoxa, con su torre característica. Si salimos por el pórtico de esta plaza llegaremos a la llamada Porta Herorum o Puerta de los Héroes (Hösök kapu), la puerta por la cual los soldados partían a la guerra y llegaban también de ella. Dedicada en especial a los héroes de la primera Gran Guerra, por ambos lados la custodian dos enormes soldados tallados en piedra que representan la vida y la muerte. En el interior de la puerta, se encuentran diferentes dibujos simbólicos en torno a la guerra, a los batallones, al pueblo húngaro en lucha, la magyar virtus. Una calle a la derecha, dedicada a Kossuth Lajos, héroe de la independencia, nos lleva hasta la plaza Dugonics, donde además de ocultarse entre los arbustos la estatua de este intelectual, nos encontramos con una de las fuentes más concurridas de la ciudad, ya que posee varias gradas de piedra de las que a ciertas horas brota música ambiental. Cuando es primavera y el sol calienta, cualquier persona que tenga media hora libre, reposa en paz durante unos minutos, mientras la vista y el oído se entretienen también con el agua de la fuente y la actividad del resto de los ciudadanos. También esta fuente está dedicada a la ciudad en relación con el agua, en el centenario de su inundación, pues unos versos de Juhász Gyula grabados en torno a ella recuerdan el hecho. En frente, el frontal amarillo del edificio de la Biblioteca Central de la Universidad de Szeged completa el escenario, con una estatua del atormentado poeta universal adoptado szegedino József Attila.


Desde Dugonics podemos cruzar la calle comercial y más emblemática de la ciudad, la calle Kárász. El kárász es un típico pececito de río muy sabroso en sopa y también frito con páprika molida. Pero no hay aquí ninguna pescadería, no hay pescaderías en hungría. La calle Kárász está recién restaurada, suma tiendas y cafés, también el inevitable McDonalds, y en algunos de los patios interiores de las casas, más tiendas y más cafés. En el centro de la calle queda la plaza Kláuzal, antigua plaza del mercado del pan, y cuyas casas sobrevivieron a la inundación y fueron modelo para reconstruir otras. Aquí se dan cita los actos solemnes de los días nacionales, pues una hermosa estatua blanca en honor a Kossuth recibe al visitante. También en esta plaza está la famosa pastelería Kis Virág, que antiguamente servía el mejor Somloi Galuska del país, pero actualmente puedo asegurar que no es así. Hatos Rétes, a su lado, es una pastelería especializada en los dulces llamados rétes y en eso son sin duda los mejores. Si salimos de esta plaza coqueta, allá por donde pasa el tranvía uno chirriando, podríamos toparnos en una esquina con la casa negra (Fekete Ház), un edificio singular de estilo romántico que también sobrevivió a la inundación. Su color oscuro le dio el nombre. Pero volvamos a Klauzál tér, porque desde allí enseguida se termina la calle Kárász y llegamos a otra de las plazas de la ciudad, la más popular, dedicada también a otro político eminente del pueblo húngaro: la plaza Széchenyi, plaza inmensa con un jardín central. A uno de sus lados, el ayuntamiento, vestido de flores y cubierto con ese color amarillo ocre tan característico de cierta época de la historia húngara. Está unido a otro edificio por un pasaje que aquí denominan “puente de los suspiros”, pasadizo por el cual deambulaba a su gusto el emperador Francisco José cuando visitó Szeged, pasadizo ante el cual suspiran los szegedinos por tratarse de la conexión entre el ayuntamiento y el edificio de la Hacienda local. Si bordeamos el ayuntamiento nos encontramos con el edificio que actualmente pertenece a la compañía ferroviaria estatal (MÁV), y puede verse una locomotora antigua en su jardín. Por el frente, el edificio es realmente bello, con un aire flamenco, y encara una placita céntrica desde donde se accede a los baños termales de la ciudad (de estilo turco y en plenísima decadencia por el momento) y a una iglesia calvinista (la iglesia del gallo, pues un gallo culmina su torrecita) encantadora. Pero lo más curioso y popular de esta plaza reside en una sencilla y pequeña fuente de agua con propiedades minerales, a la que muchos acuden diariamente, y que está coronada por la estatua de una chiquilla a la que llaman Ana. Así, la fuente de Ana (Anna kút) es un lugar que podría pasar desapercibido para cualquier turista, pero inevitable para cualquier szegedino.


Un poco más lejos, en una zona agradable de calles tranquilas y arboladas de la ciudad, en el centro del barrio judío, en la calle Jósika, podríamos descubrir las sinagogas (la antigua y la nueva), dos lugares de belleza incomparable que la comunidad hebrea de la ciudad se esfuerza en cuidar. De hecho, la sinagoga nueva está considerada como la más bella del país e incluso de centroeuropa.


Démonos un respiro desde el puente viejo, ese que recuerda tanto a los puentes de posguerra; desde allí se observa una hermosa panorámica del centro histórico de Szeged. En un primer plano, para que no olvidemos nunca su inevitabilidad y su papel, está el Tisza, acariciando con su cauce los pies de la ciudad. Tras los muros protectores, se aloja la hilera de casas y edificios que bordean el paseo sobre el río. Y sobre ellos destacan tres torres y una cúpula: la cúpula y las dos torres de la iglesia votiva y, como si en esta ciudad fronteriza toda convivencia debiera mostrarse, aparece como entrelazada la torre de la iglesia ortodoxa. El sol desciende un poco más lejos, el río corre manso, y en la lejanía, sus orillas llenas de vegetación anuncian la simbiosis de la ciudad que acaba y la naturaleza que comienza, allá donde el paseo por el río se convierte en un paseo por el bosque, por la llamada Isla de las Brujas (Bozsorkánysziget), allá por donde el río recorre otros países y otros paisajes, camino de Serbia, buscando al Danubio, y cruzando con él los Balcanes regándose sus aguas con sus eternas miserias y también sus alegrías.

jueves, 13 de marzo de 2008

Espectador de la vida

A veces es difícil aceptar la vida como viene, especialmente en aquellas cosas que nos hacen daño y que sabemos frágiles en nuestras almas, que son como un cristal que repentinamente se rompe en mil fragmentos diminutos y nos traspasa las fibras del corazón. Luego es más difícil aun sacar los cristalitos, corazón de espinas, y a cada movimiento nuestro, por leve que parezca, nos duele tanto, somos tejido carnoso, músculo espiritual rasgado. Y que a otros no les duela lo mismo, no con lo mismo, y entonces entendemos la debilidad propia y no la ajena, sólo vemos lo que nos afecta, impasibles los demás. Es difícil ser observador de la vida, ser su espectador, porque exige una distancia que no logramos, ante tanta calamidad, miedo, amenazas, inseguridades. Nosotros, tan televisivos, tan inmunes ya ante la virtualidad de las desgracias ajenas, lejanas y en escenarios familiarmente extraños. Quizás por ser conscientes de ello, se nos antoja en muchos casos que observar la vida, dejarla pasar ante los ojos, sin al menos sentir un mínimo de compasión por ella, es un acto cínico, hipócrita, o cuanto menos, frívolo. No sé si hay compasión sin dolor, pero si el dolor sentido como propio supera la compasión que uno sufre por lo otro, por lo que genera el daño, entonces nos compadecemos más de nosotros mismos que de cualquier otra cosa, y elivíctimismo pasa del otro al yo; entonces, quien necesita rescate soy yo. Cierto. Es difícil ser un buen espectador de la vida, aquel que siente lo que pasa ante sus ojos, pero no consiente que lo invada un victimismo derivado de una empatía a ultranza. Con ello ni ayudamos ni comprendemos mejor al otro, acaso multiplicamos el problema del prójimo en problema propio, no para comprenderlo y ayudar, sino para poder pedir ayuda, asimismo, a cualquier otro que esté observando y se digne a rescatarnos. Por más que nos duela, la vida tiene mucho de espectáculo, y a veces saber mirarlo es todo un acto de difícil comprensión de nuestra (in)humanidad.

domingo, 2 de marzo de 2008

La decadente armonía


Szeged no es, a primera vista, una ciudad hermosa. Y, sin embargo, lo es. La ciudad está modernamente constituida por numerosos barrios de edificación comunista, rectilíneos, grises, con grandes ventanales sin persianas y cortinas apenas translúcidas. A veces, en alguno de los frontones laterales de estos edificios aparece un gigantesco anuncio publicitario de cierta bebida refrescante con burbujas que imprime colorido a la monotonía monocroma de los bloques prefabricados, pero que no los dota de mayor belleza. Hay, sin embargo, una armonía en esta programación de edificios, en los numerosos parques que los envuelven. Y hay, también, una nota decadente en todo ello, en las aceras desgastadas y llenas de baches, en los columpios y piscinitas y mesas de ajedrez de barrio abandonados a su suerte, con la sensación de que un día el olvido y la naturaleza podrán con todo ello También en las carrocerías ya viejas y usadas de muchos coches y el transporte público. En la vejez de la población. A pesar de la continua actividad y las vidas cruzándose, en cualquier zona de estos edificios de viviendas soviéticos se puede respirar un ambiente de barrio tranquilo, alterado el implacable gris por el numeroso verde que se desborda en primavera entre portales y aceras. Son incontables las tiendas con rótulos de inverosímiles combinaciones de color, mínimos ABCs que tienen de todo y que, como en España las tiendas de ultramarinos, no soportarán la presión de los grandes centros comerciales. Y numerosas peluquerías y saloncitos de belleza (el arreglo, el color de nuevo), y también floristerías, cuántas y qué variedad y qué afición por las flores. Es curioso asistir a este mundo de detalles de color en unos barrios de fondos grises y verdes, grises y blancos en invierno, grises y tostados en verano, grises y verdirrojos en otoño. Evocar, no sólo Szeged, sino Hungría entera, es evocar estos contrastes del color, las combinaciones prodigiosas de la ropa de sus habitantes menos modernos. Unos habitantes, en mi barrio, entre los que destacan los ancianos, los viejos, a los que llamarán tercera edad dentro de muy poco, y ellos no entenderán muy bien por qué. En mi barrio y en Szeged hay viejos alegres y viejos tristes, hay viejos que todas las mañanas, haga frío o calor, venden patatas y paprika, y hay viejos que todas las mañanas acuden a comprar. Pero casi siempre veo viejos solos, algunos porque aun pueden vivir así, otros porque no les queda otro remedio. Afortunadamente, todavía no he encontrado a ninguna anciana, como puede verse en los subterráneos de Budapest, vendiendo en una esquina, obviada por la masa que transita, una sola, una sola flor a quien la quiera comprar; quizá sea esa flor la que occidente no ve, la que quizá olvida porque ya no sabe o entiende lo que representa: pero ahí queda esa anciana, impertérrita, ofreciendo quizás la flor de una vida que hemos olvidado vivir. Con todo eso, vivir mucho y muchas cosas es lo que me transmiten los viejos de Szeged: en muchos hay una profundidad en las pupilas de sus ojos que me parece llena de misterios, sufrimientos, incomprensiones y también felicidades de una vida hecha ya, al mismo tiempo sufrida y disfrutada, valorada y aceptada. Los surcos de las arrugas en los rostros recuerdan el paso de los años, como los anillos del tronco de un gran roble que abraza así la vida y el tiempo. Cambios de régimen, guerras, revoluciones han pasado sobre ellos pero aun así se mantienen en pie. Incluso los viejos borrachos, ay, los borrachos, que piden dinero con inusitada cortesía o requieren unos minutos de charla a menudo no exenta de interés. Sí, incluso los borrachos que a diario llenan durante horas inagotables algunos büfés y börözös tienen mucho que contar, acaso demasiado; pero quizás ellos no soportaron los cambios y ahora, con la boca pastosa de palinka barato, ya no pueden ni decir su nombre. No obstante, en la mayoría de los viejos, poco atendidos por la sociedad si no es por sí mismos, se percibe que habitan una ciudad que todavía sienten suya, creo. Las aceras y los edificios aún muestran las huellas de su origen, o las de la erosión de la edad, pues también los muros cumplen días y horas. Aunque ahora, en los albores de un nuevo siglo que también ellos acaban de estrenar, se enfrentan a una renovación progresiva, al capitalismo, y a una sociedad más joven que está transformándose profundamente en menos de una década, quizá otra invasión más, y con su cuerpo enjuto y como envarado en sí mismo, soportan de manera inverosímil el hielo quebradizo de las calles y los brincos más increíbles aún del trolebús número 9. Al fin y al cabo, tantas cosas peores y mejores han visto.

Pero ante los ojos de muchos, Szeged está en el presente y en el futuro y es la ciudad universitaria por excelencia, la ciudad viva y repleta de jóvenes, jóvenes vitalistas y desinteresados, jóvenes muy jóvenes que poco o nada saben de las carencias, de las necesidades más perentorias, del dolor de las ausencias materiales y espirituales. Viven en la inmediatez de un mundo instantáneo que les ofrece sin dudar lo que ellos necesitan y mucho más, demasiado más quizá... la vida universitaria en Szeged es activa, sí, en diversos sentidos; hay un contraste curioso entre el provincianismo patente de un lugar en el que muchos se conocen y hablan y el cosmopolitismo que impregnan los estudiantes, creando asimismo una segunda ciudad de provincias hecha de todas partes en la que todos los jóvenes se conocen y hablan de los otros. Los edificios universitarios y oficiales salpican la ciudad en su centro e incluso más allá: la ciudad, por avatares de la reciente historia europea, se ocupó de dar espacio a la antigua universidad húngara de Koloszvár, actualmente Rumanía, y hoy toda la ciudad es un campus singular en el que calles, universitarios y ciudadanos se entremezclan en una curiosa combinación. Los numerosos servicios de bajo precio para estudiantes, especialmente en cuanto a comedores universitarios, destacan porque allí acuden tanto los jóvenes como los viejos y otros habitantes de la ciudad. Quizá es en estos lugares (SZOTE, Irinyi, Boci, Béke) donde a determinadas horas, sin saberlo, se produce el auténtico encuentro de la ciudad consigo misma, en su propio devenir, en su cotidianeidad. También los acontecimientos especiales, las ferias de artesanía y regalos o las ferias de vino y cerveza dan a las plazas de la ciudad (Mars tér, Dugonics tér, Klauzal tér, Szechenyi tér y Dóm tér) un color especial, en particular cuando el sol reluce en esta ciudad, que es muy frecuente. Un rayito de sol y las calles se llenan de húngaros y actividad, las muchachas lucen sus miniminifaldas y los hombres pasean para verlas. Los niños juegan en la hierba y en los parques y en las plazas.


Así, sin sentirlo, no se sabe por qué secretos de la armonía urbanística, hemos abandonado los grises bloques comunistas y nos saludan otros con variados colores de estilo decimonónico imperial y secesión, sumidos en un aire de elegancia y abandono particular, sureño si cabe, amplios, grandes, pero sin monumentalidad excesiva, sin magnificencia, a la medida del hombre, y nos reciben con humildad serena en el centro histórico de la ciudad, un semicírculo en torno al Tisza donde encontramos la alianza de la ciudad con el río y donde encontramos, también, los monumentos que dan cuenta de la historia de este pacto.


jueves, 21 de febrero de 2008

Al rico arroz


Comprado en California. Con denominación murciana de origen, cuenta con su propia página oficial llena de historia, recetas e incluso arte sobre este arroz y su región.

domingo, 27 de enero de 2008

Vía al Sur: Szeged

Las antiguas casas que aún quedan de la Szeged antigua y tradicional en el barrio que abraza la iglesia de Mátyas muestran en su frontispicio triangular fabricado en madera un tallado que representa unos cálidos rayos de sol. Es ésta una característica tradicional de las viviendas locales y, en cierto modo, un símbolo identificativo de la ciudad de Szeged, una ciudad acogedora donde las haya que atesora cada año dos mil horas de luz diurna para deleite y honra de sus habitantes.

Szeged tiene forma de Sol, de sol radiante. Dividida por el río Tisza en dos mitades, en la vieja y nueva Szeged, su reconstrucción urbanística casi total hace algo más de un siglo hizo honor a esta tradición solar: tres anillos o rondas semicirculares rodean como anillos de calor la ciudad. A través de ellos se desarrolla como una contenida vorágine el transporte público y se distribuye la actividad laboral ciudadana. En el interior del anillo central se ubica el corazoncito de esta urbe, con su centro histórico junto al río.

Más allá de la tercera ronda anular, más allá de la periferia, se encuentra la provincia, el campo, un ejemplo más de la llanura húngara, la puszta. El tren llega a la estación por ella, y ya desde varios kilómetros de distancia se observan las picudas torres de la iglesia votiva de Szeged, entre los traquetreos alegres de los últimos metros ferroviarios por recorrer. El tren se alegra y parece querer volar, el viajero también, tras tres horas de interminable llanura y un paisaje acaso verde, amarillo, blanco, según la época, la estación. Atrás quedó el parque natural del Kiskunság. Pero la cuenca del río Tisza no desmerece, su curso nos acompaña. Se huele el aire del sur, la ciudad de provincias. Una bocanada de aire templado da la bienvenida. Bajar a los andenes y pisar la tierra es como encontrarse de nuevo en casa, en una familiaridad difícil de explicar, inmersos repentina y gratamente en el ambiente sereno y tranquilo de quien se sabe llegado al fin de su trayecto. Ahora atardece, el cielo vuela limpio, y el sol cae, un silencio relajante cubre los últimos bufidos de alivio de la locomotora. Cada cual, trabajadores, sobre todo estudiantes, algunos que vienen de visita, toman su equipaje y se dirigen a la ciudad, unos quizá a tomar el autobús o el último tranvía, otros con la fortuna de que vienen a recibirlos, entre los últimos resplandores del día, a la estación, y amigos, amigas, maridos, mujeres, amantes, novios y novias se abrazan y besan entonces junto a las vías y emprenden sosegadamente el camino a casa, al hogar.




miércoles, 16 de enero de 2008

La Noche

Night - WieselEl holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial es narrado por sus testigos como una experiencia personal altamente traumática a la que intenta dotarse de cierta universalidad. El afán por transmitir la experiencia de lo que interiormente se vivió acoge diversas metáforas. Quizás una de las más penetrantes sea la de la noche, narrada por Wiesel en un libro que acaba de ver una nueva revisión por el autor. Una prosa directa y depurada pretende llegar a explicar lo que el autor en un principio cree inexplicable e inenarrable. Para Wiesel el judío de aquellos años, tras la experiencia del campo de concentración, sale confuso entre palabras que antes podían ser cotidianas y después adquieren ya unos matices y unas connotaciones inevitables, como la palabra chimenea, que hace temblar al reo que ve tras su humo la calcinación de sus semejantes. Así, es interesante cómo la tarea de estos testigos a los que en la última década se les ha prestado atención editorial -recordemos al Szpilman en versión cinematográfica de Polanski, y el Nobel de Literatura Imre Kertész- se ejerce desde una consciencia obsesionada con una serie de imágenes que buscan describir de una forma directa y sin filtros estilísticos destacados, como para llegar límpidamente a la verdad, aun tamizada por el recuerdo y la eleboración, de la experiencia inicial, pesadilla que se repite para ellos durante muchas noches. Wiesel toma precisamente la noche como metáfora de su experiencia. La noche y su oscuridad que representan los momentos claves en los que él y otros judíos fueron secuestrados de su pueblo natal en Rumanía, la noche de los días y las noches de viaje en un oscuro vagón, hacinados; la noche en que llegan a Birkenau, las noches de enfermedad sin descanso, la noche en que debieron huir sobre la nieve con los nazis ante la llegada inminente de tropas aliadas, la oscuridad del invierno y días subsiguientes... en fin, esa noche y ceguera que supuso de oscuridad para el ser humano, y en especial para el pueblo judío, el holocausto. Si otro escritor como Kertész propone en Sin destino la eterna espera en unlugar donde el tiempo carcomedor y silenciador pasa lentamente entre una y otra rutina hacia la degradación del ser humano, cada vez más despersonalizadora y alienista, como metáfora de su experiencia en el campo de concentración, Wiesel aborda con su noche la incomprensión atónita de un hombre en principio de fe que no entiende lo que pasa y que surge furtivamente entre las sombras de la noche. Noche de ceguera humana, por quienes no supieron o pudieron reonocerla y escapar a tiempo, y noche para quienes no quisieron, o aún no quieren, reconocer ahora.

El holocausto resurge en su testigos maduros como un misterio de pesadilla del alma humana, como una experiencia que busca su justificación, explicación, cristalización y expulsión a través de la palabra.

lunes, 7 de enero de 2008

El café de la afición



Desde que era un niño, Café El Abra sigue ofreciendo azúcar para los cafés bilbaínos con la imagen de nuestro veteranísmo equipo. Ahora para endulzar las derrotas actuales que en los años dorados fueron victorias celebradas.