viernes, 21 de abril de 2006

Reno, o la parada de los monstruos

Cualquiera que se pasee por el centro, el downtown de Reno, a primera hora de la noche entre semana, no solamente se encontrará con los momentos de soledad en la city, sino también con la extraña fauna humana que se cobija bajo el cielo estrellado de esta burbuja del desierto llamada Reno.

Especialmente en la estación central de autobuses locales, por donde ha de pasar todo aquel que desee ir a uno u otro de los puntos cardinales de la ciudad. Autobuses que sólo usan los más pobres y los más viejos, todos aquellos que por diferentes razones no se pueden permitir el uso de un coche. La estación central, pequeña y algo desangelada, acoge como un resumen microcósmico toda la monstruosidad de aquellos seres que vienen y van sin saber muy bien cómo ni por qué, ni a dónde, o sabiendo que su destino es llegar al Hilton para buscar clientela masculina tras la mesa de poker y con la banda sonora de una tragaperras. La gente que acaba en la estación, es gente ya ida, ida del mundo en el que la mayoría intenta hacerse un hueco para no acabar así. Es gente perdida, en una estación de paso quizás hacia otro autobús semejante al anterior. Al fin y al cabo, todas las líneas de Reno terminan allí, en la estación central. Como un núcleo centrípeto. Muchos se quedan por allí dando vueltas, rondando las afueras solitarias de los casinos luminosos del centro. La mayoría están desahuciados, económica y mentalmente. No son exactamente mendigos, y eso es lo más terrible: la idea de mendigo no se soporta fácilmente en esta sociedad; y así, walking around the bus station, quedan los tarados, en esta parada eterna de los monstruos. Monstruos bien humanos, nuestro rostro perdido y huido, y olvidados hasta de sí mismos.

miércoles, 1 de marzo de 2006

Virginia City, la leyenda del Oeste

Aunque la diligencia que puede verse ante la puerta del Saloon es la evolución de aquellas que acostumbramos a ver en las películas, Virginia City se mantiene con ese espíritu fantasmal recuerdo del momento esplendoroso en que su auge la convirtió en una de las ciudades más importantes de la costa Oeste, allá por 1860 y 1870.

El hallazgo de oro y sobre todo mucha plata atrajo hasta treinta mil residentes en aquellas fechas, y muchos ricos nacieron aquí y llevaron sus ganancias a San Francisco. Se conserva casi intacta esta calle C, en la que se pueden encontrar los principales servicios de una ciudad de la época: saloons, hoteles, periódico, prostíbulo, casa de bomberos, teatro de la ópera, muchos de ellos convertidos ahora en museos, tiendas o bares. La ciudad reunió gran actividad comercial, cultural y canallesca. Desde un club de caballeros en el que participaron señeras figuras culturales de la época (con un naciente Mark Twain que trabajó eso años como periodista en el Territorial Enterprise) hasta el club nocturno frente a él, convertido en museo prostibulario en el que aún se recuerda a Julia Bulette, la dama de Comstock. Virginia City es un lugar, a pesar de las numerosas tiendecitas con tendencia a los recuerdos sesenteros de los iconos estadounidenses, con misterio, lleno de fantasmas, fiestas de vaqueros, un lugar minúsculo y breve entre sus colinas, como su historia, pero tan intensa que llegó a legendaria. Ahora residen allí los fantasmas de una ciudad que fue y que descansa ahora como flotando en un extraño sueño sobre el aire de sus túneles horadados y vacíos. Se llevaron los tesoros pero dejaron las historias: dejaron generosamente la estructura vital y humana que construye y hace perdurar las ciudades en la memoria. Hacia el valle, tras la torre de la iglesia católica, puede verse Comstock Lode, el lodazal del que salió tanto brillo, y en él las minas, como detenidas, en un atardecer violáceo difícil de tocar.

martes, 28 de febrero de 2006

Misión imposible, Tucson, AZ
















El padre jesuita Francisco Kino fundó en el siglo XVIII más de treinta misiones en Arizona, tras haber abandonado su tarea en Baja California, al parecer por desacuerdo en el trato que el ejéricto daba a los indios que él debía evangelizar.

Entre aquellas misiones, encontramos esta Paloma del Desierto, cercana a Tucson. Actualmente su exiguo territorio es reserva india, que se extiende al frente del edificio y algo más allá. Sin embargo, poco puede ya proteger o evangelizar a unos indios que viven en tristes módulos prefabricados por hogares y sin grandes instalaciones e infraestructura. A pesar de las artesanías de la tiendita india y la de la misión, que gustan al turista y al curioso, un paseo de sólo unos minutos fuera de la placita de la misión demuestra el estado triste de unos indios abandonados a la suerte de Dios. Qué misión imposible.

sábado, 25 de febrero de 2006

Pasiaje lunar


Todos los paisajes caben en el continente americano.

Sin ir más lejos, en el estado de Idaho, el estado donde crecen las mejores patatas de los Estados Unidos, se puede uno topar con este paisaje conocido popularmente como los cráteres lunares. Al menos se extiende treinta kilómetros este paisaje desértico que bien podría haber sido el escenario lunar de los primeros astronautas que alcanzaron la luna. Un páramo bien desierto, un ambiente de irrealidad y sobrecogimiento, de extrañeza invade el espíritu del viajero que se adentra un tanto en él. como en una vieja película. Como en otro planeta. La realidad siempre supera la ficción.

martes, 21 de febrero de 2006

Solo ante el desierto

El desierto de Arizona, que se expande hacia el lejano horizonete hasta alcanzar las tierras mexicanas de las que una vez formó parte, se extiende salpicado de matorrales y enormes cactus distintivos de esta región llamada Sonora y que estuvo llena de apaches y navajos antes de la llegada de los primeros soldados españoles y luego estadounidenses.

Pero ahora no hay ruido de peleas y escaramuzas. sólo el aire invisible. El desierto destila silencio y una hermosa calma. Un paisaje inmenso, como todo paisaje americano, pleno de espacio insaciado. Y en él se enarbolan a sí mismos como viejos lanceros verdes los cactus enhiestos, señeros (milagros verticales, al mismo tiempo firmes y dulces), como verdes torres de arduos filos, el mudo cactus, sombra y sueño, en el fervor de Tucson. Y bajo su sombra como soñada, el desierto llama al detalle, a detenerse en lo pequeño, en lo minúsculo de esas hojas que de tan delgadas se han convertido en espinas y pinchan a quien las roce. En las piedritas, en el polvo del camino. Camino lento, despreocupado, vamos silbando una vieja canción bajo el sombrero y sorteando cactus a caballo, el camino se hace largo, cuánto western en la memoria.

lunes, 16 de enero de 2006

Paisaje de infancia, la orilla perdida y recuperada

El Nervión buscando el mar

Este es quizá el paisaje de infancia que más extraño y que más entraño.

A la orilla del Nervión, el extraño ingenio que es el Puente Colgante de Vizcaya cruza por el aire, pendiente de un hilo, la ría de Bilbao en su cercana desembocadura al mar. Así une las orillas que yo hube de cruzar diariamente en mi niñez y temprana juventud, años de escuela, como si fueran breve metáfora de las oceánicas que debo cruzar ahora, mediante otros puentes aéreos, aunque afortunadamente en temporadas más espaciosas. La imagen se abre paso hacia el Abra, auténtica bahía reforzada artificialmente que da paso al mar Cantábrico, lleno de los sueños marítimos y aventureros de Baroja, y pleno de historia industrial en el último siglo. Un remolcador, tan típico, un reflejo tan vivo de la tradición marinera de mi pueblo, parece ir a buscar un barco, quizás un tanto fantasma por su escasez en estos días y en estos lares, sombras pacíficas de la Historia. Detrás del fotógrafo, en el otro sentido, serpentea la ría buscando la capital, Bilbao, pero ya no queda en su camino casi ninguna imagen de mi infancia, puesto que toda la industria de Altos Hornos de Vizcaya ha sido borrada como un sueño en menos de quince años, y sus chimeneas ya no enseñorean ni escoltan enhiestas los barcos que, en menor medida, aún alcanzan estos puertos. Imágenes de la memoria, orillas rescatadas del mar de la existencia.

sábado, 3 de diciembre de 2005

Viernes negro, la cultura del shopping

La noche familiar del Thanksgiving con sus kilos de comida termina en la madrugada de inicio del periodo de las compras de Navidad, aunque aun falte un mes para la llegada de Santa.

Las cinco de la madrugada es la hora mágica en la que numerosos estadounidenses no quieren perder ni una buena oferta ni una tradición bien propia del consumismo delirante que caracteriza su cultura en el último siglo. A las cinco de la madrugada del viernes que sigue al Thanksgiving, los principales almacenes y zonas comerciales abren las puertas ante una cola inmensa de familias e individuos dispuestos a conseguir esas game-boys para los sobrinos o una televisión digital nueva y extraplana. La semana anterior los buzones han quedado repletos de propaganda, y en algunas casas, la sobremesa del día de Acción de Gracias, ya visto y olvidado el tradicional partido en la TV, se consuma con una lectura comunitaria de los folletos publicitarios. Y así llega el Black Friday, uno de los de más actividad comercial en todo el país. Me han contado los testigos de este año, que la buena educación no tiene lugar, y cada cual se lanza como puede a por lo que puede. Es el clímax de la cultura del shopping, de las compras, en este país en el que el día a día cotidiano se llena de algo que te venden, de algo nuevo que comprar, de algo viejo que guardar en el garaje, revender, donar, o raras veces tirar. por ejemplo, en el centro de Reno existe un Antique Market que, por supuesto, no vende principalmente antigüedades, aunque pueden encontrarse algunas chapas metálicas de mediado de siglo XX, e incluso alguna estufa de principios de siglo, y está lleno, a modo de bazar, de auténticos cachivaches en todo tipo de accesorios, muebles y juguetes, Barbies de segunda mano incluidas. Mucha gente se desprende de muchas cosas, y algunas llenan este tipo de tiendas, que según el estilo acaban pareciendo un museo del caos. En otro tipo de almacenes, es fácil descubrir algo similar pero con el resto de stocks que no se vendieron en otros grandes almacenes, y el chocolate y los bombones se mezcla con marcos para cuadros o pantalones de tallas sueltas. Y sin duda, por materialista que sea, esto forma una cultura del consumo que va desde la oferta más reciente de un producto nuevo y en promoción hasta el mueble de cuarta mano que es buscado por el estudiante que alquila piso y necesita amueblar, porque todos los pisos se alquilan vacíos. Los Estados Unidos conforman así un país de movimiento continuo de objetos que se trasladan, se compran, se venden, se donan. No es extraño ver los famosos pickups (rancheras) y furgonetas varias, trasladando muebles de una zona a otra de la ciudad, porque se ha comprado casa nueva, o de una ciudad a otra porque se ha cambiado de trabajo. Algunos objetos se trasladan, y otros se venden o dejan, se donan para los más pobres. En primavera, en relación con esta cultura, es muy fácil encontrar ante los garajes o jardines de las casas, carteles que indican la venta de algunos muebles de la casa a precio de saldo; se pregunta al dueño, que posiblemente esté sentado ante su casa, rodeado de algunos muebles y objetos que quiere vender (incluso discos compactos de música), y se visita la casa en busca de un mueble que desea ser retirado para cambiar, como cada año, el estilo del salón. Uno llega con su furgoneta, para, compra, y marcha con este mueble que el próximo año, a su vez, venderá para conseguir otro mejor, quizá no de segunda mano. No deja de ser sorprendente y admirable, si obviamos os aspectos morales de tanto consumo, cómo funciona esta cultura de consumo a todos los órdenes y en relación con todos los objetos que entran en el juego: desde el centro comercial que ofrece la novedad tecnológica hasta el bazar de antiguallas que tiene ya lo que pocos quieren y, eso sí, unas cuantas curiosidades que merecen la pena, aunque estén entre un caos un tanto morboso de muñecas mutiladas y pasadas de moda, y algunas latas y vasos de vidrio usados que a saber de qué guerra doméstica llegaron.