lunes, 11 de abril de 2005

¡Vida más allá de los casinos!

Aunque a estas alturas de la historia parezca increíble, el centro de Reno mantiene aproximadamente dos bloques de edificios de principios de siglo XX, asomados al río (pequeño, discreto, pero vivo) Truckee, un río que trae las aguas del Lago alpino más azul de los Estados Unidos, el Tahoe, y cruzando Reno (también el río pasa, como casi todo en este lugar), llega a desembocar en otro lago, el Pyramid, donde quedan algunos indios dedicados al juego y la bebida.

Esta zona realmente parece un lugar de paseo donde intentan sobrevivir algunos comercios al estilo europeo, un teatro independiente, una buena librería a la antigua usanza y un par de cafeterías de sandwiches exquisitos, contrarrestando el ambiente de barato souvenir y motel de carretera, un tanto abandonado y pendenciero de las calles adyacentes. Pero pocos pasean, apenas nadie en sus tiendas. Sin embargo, el calor del verano produce pequeños milagros: algunos locos que desafían las buenas costumbres, especialmente jóvenes, e incluso alguna familia latina, se acercan con sus flotadores, ¡y al río! Con ropa o en bañador, eso no importa. El ambiente es entonces de una normalidad y una espontaneidad difícil de encontrar en las calles de este país: hay chapuzones, comentarios, grititos, diversión. La tienda que alquila material deportivo tiene preparados kayaks y flotadores gigantes para la temporada veraniega. Claro, esto no es el inmenso, elegante y azul Tahoe, pero sirve a unos pocos estudiantes y familias que no tienen coche o recursos, cual playa de pobres. Al menos, limpia y natural. Probablemente, muchos habitantes de Reno ni siquiera concozcan esta práctica tan natural que, a tenor de los hábitos locales, resulta incluso subversiva, aunque nadie la prohíbe. El Truckee a su paso por Reno, justo debajo del puente que vio nacer a esta ciudad, es un respiro en verano, un alivio de humanidad divirtiéndose en pleno relax y naturaleza. Un reducto protegido por edificios antiguos que apenas pueden ocultar las calles y los casinos detrás, a la vuelta de la esquina. En una tarde de siesta de verano, desde el río, flotando sobre sus aguas, se ve, a quien lo quiera mirar, una extraña fusión de planos: el río y sus bañistas, la iglesia-catedral católica, los sempiternos casinos y el eterno y un tanto irreal azul del cielo de Nevada, como marcando los límites del mundo.

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