lunes, 1 de septiembre de 2008

Los basureros de la ciudad



Frente a la ventana de nuestro primer piso está Kuka. Kuka no es ningún animalito travieso, pero es un quieto observador de la vida del barrio. Kuka se llama así porque un buen día alguien llegó hasta él y dejó tal nombre marcado en negro sobre el fondo gris de su chapa metálica. Kuka es nuestro contenedor de basuras: sumiso, callado, paciente con todos nosotros. Acepta con infinita delicadeza nuestros múltiples y variados desperdicios. Pero aun hace más. Como si fuera una sede móvil de alguna ONG singular, permanece en todo momento en su puesto a la espera de quienes, faltos de recursos propios, se nutren de los restos de los ajenos.

A veces miramos por la ventana y nos encontramos, tan frecuentemente, con la siguiente imagen. Un hombre, una mujer o una pareja, llegan en unas bicicletas tan viejas como ellos, y se detienen frente a Kuka. Kuka espera y se deja hacer. Los viejos hurgan en su interior, buscan. A veces salen cuartos de hogazas de pan, fruta, otros alimentos. O ropa. O restos de botellas de vino. O el vidrio, despreciado a menudo pero retornable en muchos establecimientos. Añaden todo lo útil a sus bolsas de plástico, a las cestas de sus bicicletas. Luego reemprenden la marcha hasta el siguiente contenedor, unos metros más allá. Son numerosos los que repiten esta operación a lo largo del día. Algunos incluso llegan con guantes desgastados por el uso, por la suciedad y por el tiempo. Kuka y otros como Kuka les sirven de mercado de abastecimiento cotidiano. Frente a las grandes superficies como CORA, TESCO o METRO, que anuncian una Navidad llena de gastos, se sitúan a lo largo de la ciudad estos minimercados de la supervivencia, con los restos de lo que los demás nos negamos a consumir.

Resulta duro y difícil verlo, reconocerlo, y asumirlo, cuando por costumbre observamos a través de la ventana y hallamos, a veces bajo el frío, al hombre, a la mujer o a la pareja de viejos rebuscando entre la basura para encontrar algo que les sirva de sustento o ayuda para subsistir en un futuro que, para ellos, no se promete en ningún aspecto mucho mejor.

3 comentarios:

El Guisante Verde Project dijo...

Este post me produce un sentimiento opuesto. Por un lado, me trae buenos recuerdos de nuestro viaje por tierras magiares, y de Szeged, esa pequeña gran ciudad. Aunque la foto resulta meláncolica, con el trabant, creo, y la niebla, que lo envuelve todo...
Por otro, pienso en los que tienen poco o nada que esperar del futuro; los que sobreviven a diario con lo que nosotros desechamos, y me produce una gran tristeza, sobre todo porque en ocasiones pienso que no hacemos todo lo que podemos para remediarlo.
Roberto

los tiramillas dijo...

Difícil solución para el drama que padece tanta gente.Temo que la dichosa crisis, hará lo de siempre, a los ricos más ricos y a los pobres, que Dios los bendiga.

monikita nipone dijo...

Recuerdo el día en que vimos a un hombre recoger lo que quedaba de una lechuga. A partir de ese día decidimos algunas cosas, ¿recuerdas? Casi siempre nos sobraba algo después de comer.