lunes, 15 de diciembre de 2008
Santa Lucía y la silla de las visiones
Pero Santa Lucía invoca no sólo la visión del futuro en este juego ritual e infantil de nombres el azar, Santa Lucía invoca también la visión de aquello que no se ve, lo oculto en la realidad, el mundo espiritual que nos rodea y que se escapa ante nuestra vista terrena. Y se logra a través de la construcción de una silla. El interesado, como si del protagonista de un cuento se tratara, debe buscar trece ramas de árboles distintos y, una a una, día a día, desde la celebración de Santa Lucía, pulirlas, prepararlas y ensamblarlas para elaborar con sus propias manos e individualmente una silla, la silla de las visiones.
La silla, probablemente algo tosca y rudimentaria, quedará terminada el día de Nochebuena, el 24 de diciembre por la noche, y, asegura la leyenda que, si acudimos con esa silla a la iglesia, en el momento de la medianoche, con las campanadas que inician la Misa del Gallo, podremos admirar cómo por la iglesia vagan los espíritus malignos y cómo revolotean a nuestro alrededor, sin percibir daño alguno por el espectáculo.
Santa Lucía los conserve la vista. Y a nosotros también.
martes, 2 de diciembre de 2008
Jó étvagyot!
viernes, 14 de noviembre de 2008
Memorias del comunismo
Es un lugar común entre muchos adultos de izquierdas recordar cómo en la época socialista, especialmente en los años de Kádár, todo el mundo tenía un trabajo, tenía un techo y tenía con qué alimentarse. Algunos jóvenes, sin embargo, resaltan que en aquella época, al decir de sus padres, no había variedad, por ejemplo, el plátano era una fruta desconocida y mítica que sólo los hijos de los grandes políticos podían comer. Parece ser cierto que en aquella época no existía una riqueza, un sentido desarrollado de la posesión, un ahorro por parte de las familias, porque gran parte de lo necesario lo proporcionaba el estado. Me cuentan que las familias se desplazaban sin apenas pagar nada hasta zonas de recreo para veranear en campamentos que compartían con otras familias. O que había intercambios entre colectivos de diferentes ciudades para conocer las respectivas localidades. Me cuentan también, y aun quedan, abandonadas, las ruinas de lo que hasta hace diez años aun funcionaba, que en todos los barrios había en los parques, numerosos también ahora, una serie de columpios para los niños, e incluso piscinas. Ahora yacen rotos y abandonados, porque no hay suficiente dinero y atención para ellos. Me cuentan que las madres, cuando parían un hijo, tenían tres años de baja en el trabajo, sin dejar de cobrar un forint, para dedicarlos por entero al recién nacido. Es algo que aun se mantiene, si bien el porcentaje del sueldo que se cobra es inferior al total correspondiente. Me cuentan muchas cosas del socialismo, del comunismo. Ante todo, hay cierta nostalgia por la seguridad de unas necesidades básicas que con la entrada del capitalismo ha desaparecido. La sombra del paro, el coste de la vida, la amenaza constante de las modas y las drogas son una preocupación para muchos padres, que ven que el futuro de sus hijos depende ahora de otras razones. Aunque la mayoría de ellos vive inmerso en el cambio y en la posibilidad de las esperanzas que llegan desde Europa y ocupan los televisores en forma de programas espectáculo y publicidad arrasadora.
Ahora dicen que hay gente mayor en paro que lo está porque en el comunismo todos tenían trabajo pero no todos trabajaban. De hecho, hay continuas parodias a este trabajador perezoso que nunca trabajaba porque nada ganaba ni nada perdía. Estos vagabundos no tienen buena fama, acaso los toman por hombres locos.
viernes, 31 de octubre de 2008
La isla de las brujas y la noche de los muertos

Hoy es 31 de octubre, es la noche de los muertos y hay luna llena. Los cuervos pueblan toda la ciudad desde hace siete días. A orillas del Tisza, a unos centenares de metros de la ciudad, queda la linde del bosquecillo al que denominan isla de las brujas, pelado de hojas por el otoño y sumido ahora en la penumbra de la noche. Un murciélago vuela por el anochecer. Todavía hay algunos pescadores y nosotros avanzamos con las bicicletas hasta encontrar un recodo adecuado para el rito que queremos realizar. Todo está en silencio, excepto los ecos habituales de la naturaleza, sospechosos siempre en estas circunstancias. Un bicho bastante grande nada por el centro del río, resulta inidentificable. Es la noche de los muertos y los espíritus. En casa nos aguarda nuestra calabaza vacía, esperando con su sonrisa entre cómica y asustadiza, su vela, y también nos espera, tembloroso, un dulce de calabaza, listo para comer. Pero ahora estamos lejos de casa, camino de las sombras, por el sendero de la isla de las brujas, en una noche que, de alguna forma humana, hay que celebrarla. También si se está lejos de casa.
El lugar lo merece doblemente. Hace casi trescientos años en este mismo paraje se consumó la última quema de brujas en Europa, mediante el conocido proceso de Szeged. 13 personas fueron quemadas, el 14 de junio de 1728, y una fue absuelta por embarazo. Previamente, durante el proceso, otras cuatro habían perecido por las torturas y la “prueba” del agua: arrojados al río, aquellos que flotaban eran juzgados y sentenciados; los que no, eran inocentes. Pero los inocentes ya no volvían nunca más y, aogados, eran arrastrados por la corriente del río. Este proceso escandaloso y excepcional en tierras húngaras, que pese a lo que nos sugiera su evocación era bastante pobre en brujerías, parece que tuvo lugar por una serie de cambios climáticos bruscos problemáticos para la economía local y una serie de privilegios otorgados a ciertos extranjeros que llegaban a la ciudad para asentarse. Poco a poco cundió el pánico al hablarse de brujas y aquello generó una venganza social. Se utilizaron los manuales inquisitoriales más crueles existentes en Europa en un proceso que comenzó el 14 de junio de 1728 y que finalizó en el fuego poco más de un mes después.
Desde aquel instante al lugar de la ejecución se lo conoce como isla de las brujas, y en esta noche de fantasmas intentamos recordar este hecho formidable. La luna llena ilumina el curso del río. Nos sentamos a la orilla. Pensamos también, cada uno, en nuestros fantasmas, en nuestros muertos, en nuestras vidas. En aquellos que ya se los llevó el río, esos ríos que van a dar a la mar. Es obvio que el destino ha preparado esta mañana la clase de literatura y he tenido que explicar aquellas coplas de Manrique a la muerte de su padre. En algún momento y lugar suena una campana lejana. Sólo escuchamos su eco. Despierte el alma dormida, avive el seso y depierte...
Encendemos una vela, al modo budista, y la hacemos flotar en el río. Brilla como nada en el paisaje, y al principio parece viajar a contracorriente, río arriba. Es quizás el espíritu de los muertos, que se manifiesta sobre toda ley natural. Finalmente, alcanza el centro del río y la llama comienza su viaje inexorable, alma en pena. En el cielo, titilan las estrellas; en el agua, flota y se consume, lentamente, la llama. La vemos alejarse y nos retiramos, buscando en el silencio oscuro la salida del bosquecillo, un sendero que nos conduzca de regreso a la vida cotidiana. Encontramos la pista de tierra, el camino de los vivos: desde allí se ve otra luz, la luz de la ciudad; las torres iluminadas de la iglesia votiva, por encima de todo, nos dan la bienvenida mientras sus campanas, y por encima de todas la llamada campana de los héroes, tañen anunciando una nueva hora que pasa, una hora que ya ha pasado, una hora que hemos consumido, quizás también consumado, y que ya no volverá.
domingo, 26 de octubre de 2008
Hungría y su fantasma
lunes, 15 de septiembre de 2008
La vendedora de muñecas
Cerca de la plaza Csillág, en una calle transitada de nuestro barrio de viviendas grises, hay un banco de madera junto a unos matorrales. A menudo se sientan ahí escolares esperando a compañeros y charlan un rato; o descansan algunas mujeres camino de la compra; o se sientan momentáneamente algunos hombres borrachos que no saben qué dirección tomar exactamente. Todos pasan unos minutos ocasionales por este banco. Sin embargo, existe una mujer que con sorprendente irregularidad pasa horas enteras en ese banco, se adueña tímidamente de él por las tardes y ofrece a los transeúntes un espectáculo silencioso y desapercibido: no viene sola, y la acompaña su colección de muñecas. De muñecas de trapo. No sé si la mujer, que lo parece, ha trabajado en la costura e incluso en la realización de estas muñecas durante años. Lo cierto es que, sin ser una anciana, pero con el tiempo de quien ya no lo cuenta, trae consigo algunas de sus muñecas y las coloca junto a ella para venderlas. Todas destacan por su sonrisa y por un aire de familia que las envuelve. Hay muñecas y muñecos, de cuyos atuendos puede uno imaginar bailarinas y piratas, o simplemente muchachas y muchachitos vestidos a una moda indefinida pero muy variada. Las muñecas están hechas a todo detalle, cada pieza de sus trajecitos sencillos (camisa o camiseta, pantalones, manguitos) es individual. Las muñecas son muñecas como las que uno ha podido soñar toda la vida: tiernas, cercanas, eternas confidentes, a las que uno no se resiste en abrazar, y con las que puedes inventar mil aventuras porque mil aventuras sugieren. Los ojos y la sonrisa están pintados, siempre hay un cierto rubor en las mejillas de caras pálidas. Bueno, también hay muñecas mestizas. De todo hay. Y miran a los transeúntes silenciosas y pacientes, como su creadora.
A veces, quizá en primavera, esta vendedora de ilusiones aparece como por arte de magia en al banco. Camino del supermercado, te cruzas con ella, que calla sola o charla con alguna otra mujer; a la vuelta de tus quehaceres, un rato más tarde, ya ha desaparecido. Varias veces nos hemos acercado y, por supuesto, hemos elegido muñecas: la primera que compramos se llama Jutka, una muñequita pequeña, de ropita verde y oscura, pelirroja, con una de las sonrisas más hermosas que jamás he visto en muñeca alguna. A ella, en otras ocasiones, han seguido algunas más, siempre como regalo para personas a las que queremos. La vendedora, a pesar de nuestra incompetencia lingüística, siempre se esfuerza por hacernos ver lo bien hechas que están las muñecas, con explicaciones detalladas y demostraciones prácticas. Lo hace con pasión, con alegría, con cierto orgullo. Yo me deleito, mientras la ciudad sigue su ritmo, en la contemplación de aquel paraíso improvisado. Es tan difícil elegir. Y supone una natural tragedia, pues la mujer, cayendo en la cuenta de que sus preferencias han sido captadas por el cliente, que se lleva una de las más hermosas parejas, las abraza por última vez y se despide tierna y cuidadosamente de ellas envolviéndolas en una bolsita de plástico que ata con un lazo de color.
Ya no sé cómo imaginaba las hadas en mi infancia, supongo que con velos, luces y vestidos, seguramente en escenarios muy distintos a una calle de asfalto quebrada por el tiempo; pero ahora puedo asegurar que descubro y reconozco -con mayor emoción y sobrecogimiento que nunca- a las verdaderas hadas, tan humanas en su esplendor, cuando preocupado por comprar la leche o el pan me encuentro inesperadamente que un banco de la segunda calle a la derecha de la plaza de la Estrella, parece poblarse, como por arte de magia, de un sinfín de niños perdidos como llegados del País de Nunca Jamás que esperan ser reconocidos por los ojos de los que pasamos, que caminamos como perdidos en la rutina de nuestros hábitos.
lunes, 1 de septiembre de 2008
Los basureros de la ciudad

Frente a la ventana de nuestro primer piso está Kuka. Kuka no es ningún animalito travieso, pero es un quieto observador de la vida del barrio. Kuka se llama así porque un buen día alguien llegó hasta él y dejó tal nombre marcado en negro sobre el fondo gris de su chapa metálica. Kuka es nuestro contenedor de basuras: sumiso, callado, paciente con todos nosotros. Acepta con infinita delicadeza nuestros múltiples y variados desperdicios. Pero aun hace más. Como si fuera una sede móvil de alguna ONG singular, permanece en todo momento en su puesto a la espera de quienes, faltos de recursos propios, se nutren de los restos de los ajenos.
A veces miramos por la ventana y nos encontramos, tan frecuentemente, con la siguiente imagen. Un hombre, una mujer o una pareja, llegan en unas bicicletas tan viejas como ellos, y se detienen frente a Kuka. Kuka espera y se deja hacer. Los viejos hurgan en su interior, buscan. A veces salen cuartos de hogazas de pan, fruta, otros alimentos. O ropa. O restos de botellas de vino. O el vidrio, despreciado a menudo pero retornable en muchos establecimientos. Añaden todo lo útil a sus bolsas de plástico, a las cestas de sus bicicletas. Luego reemprenden la marcha hasta el siguiente contenedor, unos metros más allá. Son numerosos los que repiten esta operación a lo largo del día. Algunos incluso llegan con guantes desgastados por el uso, por la suciedad y por el tiempo. Kuka y otros como Kuka les sirven de mercado de abastecimiento cotidiano. Frente a las grandes superficies como CORA, TESCO o METRO, que anuncian una Navidad llena de gastos, se sitúan a lo largo de la ciudad estos minimercados de la supervivencia, con los restos de lo que los demás nos negamos a consumir.
Resulta duro y difícil verlo, reconocerlo, y asumirlo, cuando por costumbre observamos a través de la ventana y hallamos, a veces bajo el frío, al hombre, a la mujer o a la pareja de viejos rebuscando entre la basura para encontrar algo que les sirva de sustento o ayuda para subsistir en un futuro que, para ellos, no se promete en ningún aspecto mucho mejor.